Elvis Christie, alias @Sancheztowers: La noche del petirrojo

Todavía no sabía qué hacer con el pájaro muerto cuando Norma aterrizó sobre el suelo frío, sucio y áspero, de aquel sótano. Se había colado a duras penas por un estrecho ventanuco a ras de calle huyendo de los Brigadas, los agentes de la Dirección General de Seguridad que perseguían con ahínco a las sufragistas esos días previos a las elecciones generales. La gente las tildaba de todo, pero el insulto que más gracia hacía a Norma era el de «bruja». Si ellos supieran.

Se encontraba con sus amigas a pocas manzanas de allí, entre las manifestantes, cuando aparecieron los agentes con sus porras y silbatos. Echaron a correr en medio de la multitud de mujeres y se dispersaron. Norma era la mayor de su pequeño grupo de aspirantes y, por tanto, le correspondía actuar de secretaria; llevaba una bolsa con la mezcla de moliendas, papel para el acta y el pájaro, pero había ingresado hacía menos de un año y aún no conocía bien el ritual, el cual sería dirigido por Nadine, una de las veteranas. Cada cinco de diciembre, a medianoche y como rito de acceso al círculo de iniciadas, las aspirantes conmemoraban el aniversario de la bula papal «Summis Desiderantes Affectibus» con la que Inocencio VIII ordenó a la Inquisición perseguir la brujería en 1484, y ello como homenaje a sus antepasadas que murieron quemadas en la hoguera. Habían transcurrido 436 años desde entonces y nunca había dejado de hacerse. Si fallaba no serían admitidas en la congregación local y Norma no podía consentir eso.

Medio a oscuras, localizó un mueble y se aupó sobre él para asomarse por el ventanuco. La tarde estaba cayendo y se veía poca gente por la calle. Ni rastro de los brigadas ni de sus compañeras. Abrió la bolsa, extrajo una vela y la dejó encendida sobre el alféizar; le serviría para iluminar un poco la estancia y para que la encontrasen a tiempo las que hubieran escapado.

A la tenue luz de la vela, Norma recorrió el pequeño sótano, despejándolo, y comenzó con los preparativos. Tenía el tiempo justo y no se demoró. Desarmó unas sillas viejas y apiló la madera para la fogata, colocó los saquitos de ingredientes y extendió el pliego sobre una mesa desvencijada, encendiendo otra vela. Nadine se haría cargo del acta al final de la noche para entregársela a la hermana decana, que la cosería al libro general de la congregación. Sin embargo, Norma desconocía el ritual exacto y el papel que jugaba en él el pájaro muerto que ella misma había recogido al pie de un árbol. Sabía que las hierbas y otros productos debían espolvorearse sobre el fuego mientras se pronunciaba el conjuro, pero hasta ahí llegaban sus conocimientos al respecto. Confiaba en que sus compañeras, y sobre todo Nadine, la encontrasen cuanto antes o tendría que improvisar.

Mientras esperaba y contaba el paso de los minutos por la cera derretida de las velas, echando un vistazo cada poco por el ventanuco, comenzó a escribir. Cada año, la aspirante de mayor edad era la encargada de redactar el acta y todas lo habían hecho con su propio estilo, hablando de sí mismas y de las demás, contando su pequeña historia y sus particulares motivos. Norma dejó un espacio para después anotar la lista de asistentes y empezó la suya, la de esa niña nacida hacía 30 años el día de Reyes, como su admirada Juana de Arco, la cual en su día había sido quemada por bruja y, paradojas o ironías de la Historia, canonizada como santa ese mismo año de 1920; la de una joven oprimida por su padre y marido que escapó de su casa a la ciudad para descubrir que la opresión no era menor, sólo distinta; la de una mujer que encontró la libertad y el amor entre otras mujeres que luchaban por un futuro mejor para ellas y sus hijas al tiempo que preservaban el pasado de otras que, por idénticos motivos, fueron llamadas brujas.

Debía de faltar poco para la medianoche cuando oyó ruidos en la calle. Trepó hasta la ventana y divisó unas piernas esbeltas que reconoció al instante: Nadine. Y tras ella, a hurtadillas, sus compañeras. Las llamó en voz baja y les abrió la puerta, a la que se accedía tras un recodo del edificio bajando unas escaleras. Dedicaron unos instantes a abrazarse, pero no perdieron tiempo y todas se pusieron manos a la obra mientras Norma terminaba con el acta. Llegadas las doce de la noche, Nadine encendió la hoguera, repartió entre sus compañeras las hierbas y demás ingredientes y desplumó el pájaro, clavándolo en una tosca cruz de madera. Eran muy jóvenes y alguna desvió la vista; no así Norma, que asistía extasiada al ritual. Éste consistía en unas primeras parrafadas en latín (que Norma no entendía y sospechaba que las demás tampoco, ni siquiera Nadine), los nombres de quienes las precedieron y distintas peticiones y deseos que cada una de ellas formulaba. Por supuesto, el sufragio femenino salió rápidamente a colación así como otras tantas reivindicaciones que tenían como propias: el aborto, la libertad, el poder de las mujeres. No hubo magia ni transfiguraciones. En realidad nunca las había habido, se dijera lo que se dijese.

A pesar de la hoguera, el frío era demasiado intenso como para cumplir con la tradición de bailar desnudas alrededor del fuego, pero los efluvios de las hierbas quemadas y el vino que trajo una de ellas fueron suficientes para mantenerlas animadas durante toda la noche, cantando, bailando y estrechando los vínculos entre ellas. En un momento dado, Nadine pidió a Norma que firmase el acta y ésta vaciló. Llevaba usando un nombre falso desde que escapó del pueblo y no le parecía adecuado emplearlo para ese importante acto, pero Mercedes García tampoco era nombre para una bruja de pleno derecho. Al final y acordándose del petirrojo muerto, firmó como Norma G. Robin.

Empezaba a despuntar el día cuando abandonaron el sótano de una en una para pasar desapercibidas. Sin embargo, tras las sombras de un callejón al otro lado de la calle se ocultaba una brigada de la DGS acompañada de un sujeto vestido todo él de negro. Norma percibió que algo iba mal nada más pisar la calle. De alguna manera, la experiencia del aquelarre había agudizado sus sentidos y echó a correr. Oyó pasos tras ella y volvió la cabeza, reconociendo entre sus perseguidores al sujeto de negro: era el joven sacerdote de su pueblo, de quien se decía que pertenecía a una Junta de Fe, los rescoldos de la Inquisición. Aceleró la carrera y al doblar una esquina se topó de bruces con un enorme ramo de flores y, tras él, un niño que cayó depatarrado al suelo. No se veía a los brigadas, pero se escuchaban voces no lejos de allí. Norma ayudó al muchacho a incorporarse y recoger las flores y, entretanto, de forma disimulada, metió el acta doblada en el sobre que acompañaba el ramo dirigido a una tal Gloria Swanson, habitación 13 del Gran Hotel Inglés. Si la atrapaban con el acta, ella y su grupo se verían en serios aprietos. Ya la escribiría de nuevo. Se excusó con el pequeño y reanudó la huida perdiéndose entre las frías y húmedas callejuelas.

Epílogo: Norma falleció en 1938, durante la Guerra Civil, luchando como un miliciano más por los ideales que había cuajado los años anteriores entre sus amigas de fuego. Nunca supo que su historia, escrita en aquel acta, fue leída y atesorada por una famosa actriz norteamericana y que ésta se la legó años más tarde a otra jovencísima actriz llamada Robin Morgan, fundadora en 1968 del grupo feminista autodenominado WITCH. Pero ésta es otra historia, como suele decirse.

@Sancheztowers 

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