Carmen Navas Hervás: Ser feliz II

(SEGUNDA PARTE)

No esperó más, ni siquiera al ascensor. Prefirió bajar como una bala la escalera. No se daba cuenta de lo peligroso que era hacer eso.

Cogí el Ipad, que llevaba siempre a todos lados y comencé a buscar información sobre el símbolo que aparecía en el broche de plata. Las páginas confirmaron que se trataba de una secta y comencé a temblar ¿Qué iba a hacer?

Me levanté y fui hacia la ventana. Mi cabeza era como un hervidero de pensamientos e ideas destructivas. No podía ser coherente cuando veía mi vida amenazada por algo que escapaba a mi entendimiento y que me parecía una locura.

Volví a la mesa para investigar más sobre el broche y después de darle vueltas y mirarle desde todos los ángulos, me di cuenta de que tenía una forma peculiar. Era casi cuadrado, aunque sobresalían dos torres a los lados ¡Cómo podía haber sido tan tonto! Era una figura en miniatura del edificio en el que me encontraba. En el centro del broche había una especie de figura con los brazos extendidos. Parecía que llevaba un libro en cada mano, aunque era difícil apreciarlo porque era muy pequeño. Comencé a frotar la figura y entonces sonó un clic. Me asusté y lo dejé caer. De la parte trasera salió un papel diminuto. Cogí el móvil y busqué la función lupa, que usaba en más de una ocasión y lo examiné de forma minuciosa.

<<Estás a punto de convertirte en un Bibliotecaty>>

Fui desdoblando, de forma meticulosa, el papel y volvía a tener una inscripción en griego. Cuando estuve en el instituto estudié lenguas clásicas y la frase que había allí escrita me resultaba conocida así que introduje los caracteres en el Ipad. Según los escribía me di cuenta de que sabía lo que ponía. Era una frase fácilmente reconocible <<Sólo sé que no sé nada>>. Fue como si un destello de luz me iluminara porque al momento supe también lo que ponía en el exterior del broche <<Conócete a ti mismo>>. Todo lo que iba descubriendo me iba guiando hacia la biblioteca situada en ese mismo edificio. Primero la forma del broche que era sin duda el Alcázar de Toledo y luego esas alusiones claras al conocimiento; incluso el nombre de esa secta de la que me había hablado Andrea.

Sonó un golpe muy fuerte en la planta de abajo. Me asusté y decidí asomarme a la escalera por si descubría algo. En la biblioteca se oían voces. Me hubiera gustado bajar para ver qué ocurría, sin embargo, ese día ya había agotado mi dosis de heroísmo al intentar ocultar la carta a los policías, así que permanecí atento a lo que ocurría sin atreverme a dar otro paso.

Volví a sentarme y seguí estudiando el misterio que tenía entre las manos. Ya había pasado la hora de tomarme el tentempié de todas las mañanas y Andrea no había vuelto a aparecer. Fui a la barra y, sin pensarlo dos veces, me serví una cerveza y uno de los pinchos variados que había en el mostrador. Dejaría el dinero al lado de la caja. No quería que me detuvieran por no pagar la consumición.

Ni siquiera había tomado un sorbo de la cerveza cuando un pitido me sobresaltó. El ascensor había llegado. Se abrió la puerta y volví la cabeza para mirar quién entraba. Allí no había nadie. La puerta seguía abierta y decidí ir a comprobar qué ocurría. En el suelo estaba la pelirroja con sangre en la cabeza y las manos atadas. Comencé a hiperventilar: esto no podía estar ocurriéndome a mí. Me acerqué con miedo sin saber muy bien lo que hacer. En la mano tenía un pergamino arrugado del mismo color que el sobre de Da Vinci. Lo mejor era llamar a la policía.

Cogí la tarjeta que me había dado el tipo con cara de mal genio y marqué con manos temblorosas.

─ ¿Agente Martínez?

─Creo que se ha confundido, esto es una pizzería.

─Lo siento.

Colgué pensando que había marcado mal. Comprobé el número y vi que no era ningún error ¿Qué estaba ocurriendo? Todo era tan irreal. Lo mejor sería llamar al 112, sin embargo, me detuve en el último momento. Tuve miedo porque allí no había nadie y me podían acusar del asesinato, si es que lo era. Todavía no había comprobado las constantes vitales de la chica y no podía asegurar que estuviera muerta.

Volví al ascensor y con un miedo atroz toqué su cuello. Estaba fría como un témpano y no se notaba su corazón. Tomé de sus manos el pergamino: seguro que era otra pista.

<<Solo enfrentándote a tus miedos podrás vencer>>

Otro acertijo y una joven muerta en el ascensor.

¿De qué miedos hablaba? Yo siempre había sido muy inseguro y un poco esquizofrénico. Eran tantas mis paranoias que no sabía a las que se refería. Comencé a dar vueltas al papel y a pensar como un loco. El ascensor se cerró y volvió a la planta baja. Intenté evitarlo pulsando todos los botones. Fue inútil. Se paró en la biblioteca así que sin pensarlo dos veces supe lo que tenía que hacer. Todo me conducía a ese sitio, los acertijos, el ascensor y mis miedos. Eso era: el principal miedo que yo siempre he tenido era salir de mi encierro, bajar la escalera, volver a esa sala y no pensar en la última vez que lo hice.

Respiré profundamente y, como si fuera a cámara lenta, comencé a bajar uno a uno los peldaños de mis temores. Y volvió a ocurrir: perdí el equilibrio y caí dando vueltas hasta llegar abajo.

─ ¡Mario! ¡Mario!

La voz reverberó en mi cabeza y abrí los ojos. Era Miriam, la bibliotecaria, una chica bajita y muy simpática que siempre me ayudaba a elegir los libros. La cafetería volvía a estar llena de gente que miraba por la ventana, hacía fotos y reía. Andrea estaba tras la barra sonriendo a un turista que la miraba con deseo

─ ¿Qué ha pasado? ─Volvía a estar sentado frente a la ventana en la cafetería.

─Vamos a cerrar, ¿Quieres que te ayude a bajar?

─No hace falta.

Comencé a recoger mis cosas. En la mesa solo estaba el iPad, el bloc de notas y mi estilográfica. No había ni rastro del sobre de Leonardo, ni la tarjeta del poli, ni de los pergaminos, ni del broche. Todo era fruto de mi imaginación y del libro que tenía entre las manos.

─ ¿Te ha gustado la lectura de hoy? Parecías muy intrigado.

─Hoy por fin me he olvidado de este estorbo ─dije señalando el cacharro que me tenía atado desde el accidente ─Este libro es buenísimo. Lo puedes recomendar sin problema.

─Si quieres te lo puedes llevar.

─No, prefiero seguir leyendo aquí. Déjamelo reservado y me lo guardas para mañana.

Llamó al ascensor y bajamos hasta la biblioteca. Allí había dejado mi chaqueta colgada de la percha de la entrada. Miriam me la puso con delicadeza.

Entonces la vi avanzar por uno de los pasillos: me pareció muy atractiva con esa melena de tonos rojizos y lo más importante era que estaba viva.

─ ¿Quién es esa chica?

─No lo sé, es la primera vez que viene.

Se me quedó mirando y me sonrió. Se me quedó mirando y me sonrió. Me miraba a los ojos y no a la silla que me servía de piernas. Se acercó con andar sinuoso y me dijo al oído:

─Todavía puedes ser un Bibliotecaty.

Después de decirlo se marchó y yo me quedé con la boca abierta. Ya no distinguía la realidad de la ficción. Los libros hacían que olvidara mis miserias, que me olvidara de aquel trágico día en que caí rodando por la escalera y me dejó paralizado de cintura para abajo. El único placer que sentía era sentarme allí todos los días y vivir las vidas de otros. En los libros todo podía ocurrir y yo podía caminar, reír, soñar y sobre todo, ser feliz.

 

@mcnavas1

 

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Acerca de Galiana

Escritora
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5 respuestas a Carmen Navas Hervás: Ser feliz II

  1. antoncaes dijo:

    Fantástico el giro que has dado al relato, por un momento me he visto en Roma buscando la pista que dejaron los illuminati al profesor Langdon. Un abrazo.

  2. Pingback: Carmen Navas Hervás: Ser feliz II – Manuel Aguilar

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