Carmen Navas Hervás: Ser feliz I

Este relato ha sido finalista en el IV Certamen de relato breve <<Pasión por Leer>> convocado por la Biblioteca de Castilla – La Mancha, en colaboración con la Fundación Caja Rural Castilla – La Mancha y la Asociación Amigos de la Biblioteca.

 

(PRIMERA PARTE)

Las vistas desde esa ventana eran espectaculares. Me podía quedar allí horas enteras viendo pasar las nubes y contemplando las torres majestuosas de la catedral. No tenía prisa y ya iba por el tercer café, allí sentado, con las piernas cruzadas y mi libro preferido entre las manos. Los turistas a veces se colocaban delante de mi mesa, con el fin de captar la foto perfecta, esa foto que luego enseñarían con orgullo a sus amigos y familiares. Andrea, la camarera, de vez en cuando, echaba un vistazo por si necesitaba otro café o el <<montadito>> de media mañana, cuando mi estómago ya se había convertido en un tiovivo por la cantidad de cafeína tomada.

─ ¡Por favor, ayúdeme!

Todas las alarmas se dispararon en mi cabeza. Levanté la mirada y vi a una chica de unos veinte años a mi lado, con la cara contraída por el miedo y la mirada suplicante. Volvía la cabeza de forma obsesiva hacia la puerta, temiendo ver entrar al monstruo que la perseguía

─ ¡Tranquilícese! ─había sonado como una palabra absurda y sacada de contexto.

─ ¡No deje que me cojan! ─se abrazó a mí como si fuera su tabla de salvación. Casi me asfixiaba con sus brazos menudos y su embriagador perfume. Dejé caer las manos apuntando hacia el suelo, esperando que la joven soltara su presa. No sabía qué decir ni qué hacer, porque la situación era de lo más inusual.

Intenté buscar ayuda con la mirada, sin embargo, la cafetería estaba vacía, algo que me parecía imposible puesto que no hacía ni cinco minutos que había estado abarrotada de gente y con un ruido ensordecedor.

─Le importaría… ─le rogué, intentado que me dejara respirar. Mi voz sonó tranquila y la joven levantó la vista hacia mí, deshaciendo el abrazo con suavidad.

─Lo siento, será mejor que me marche, creo que todo ha sido un error, no quería… ─las palabras salían atropelladas de su boca, como si fuera un desfile de frases. Después salió del lugar de la misma forma que había llegado, casi corriendo.

Me levanté y me asomé al pasillo, con la intención de detener su huída: solo vislumbré una estela de pelo rojo en el segundo tramo de escaleras.

Decidí volver a mi rutina, a mi silla y a mi café, ya frío. Fui a coger la estilográfica para anotar todo el incidente en mi bloc de notas y entonces lo vi: en mi bolsillo había un sobre color sepia con un dibujo a plumilla de Leonardo Da Vinci. Lo di vueltas sin atreverme a abrirlo, intentando descubrir lo que ocultaba en su interior, sin querer romper su misterio.

Se abrió la puerta del ascensor y Andrea entró con el rostro descompuesto acompañada de dos hombres con cara de pocos amigos.

 

─ ¿Quién es ese tipo? ─preguntó el más alto, señalándome.

─Es Mario, un habitual. Lleva aquí desde las diez, como todas las mañanas.

Se acercaron a mí como si fueran dos fieras acorralando a su presa. Mi miraban como a un bicho raro, como si tuviera algo que esconder. Mi instinto se despertó y oculté, bajo el bloc de notas, el sobre.

─ ¿Ocurre algo? ─ mi voz sonaba insegura y temblorosa.

─Han robado en la biblioteca ─se apresuró a contestar la camarera, ante el gesto de contradicción de los dos buldogs.

─ ¿No habrá visto por casualidad a alguien sospechoso? ─preguntó el más bajito con voz brusca.

─ ¿Puede ser más explícito? ─el bloc no tapaba completamente el sobre y un ojo de Leonardo me miraba con burla. Puse la mano con disimulo encima para evitar que se fijaran en ese detalle ─mire, desde que estoy aquí, ha pasado un grupo de japoneses haciendo fotos sin parar, una pareja que se ha tomado un desayuno frugal mientras se comían a besos y dos chicos muy majos a los que les hubiera gustado hacer lo mismo. Después me he quedado solo y, estaba disfrutando de la tranquilidad, hasta que han llegado ustedes con sus preguntas y su cara de mal genio.

─ ¿No ha entrado nadie más? ─se habían colocado uno a cada lado de la mesa y me miraban con aires de superioridad, intentando intimidarme.

─No ─lo dije sin convicción y ellos lo notaron.

─No es conveniente mentir a la policía.

─ ¿Y cómo sé que ustedes lo son?

Sacaron sendas placas y me las pusieron delante, a una distancia que hizo que mis ojos bizquearan para poder leer lo que en ellas ponía. Después ocurrió algo que yo solo había leído en los libros: me levantaron sin miramiento de la silla y me cachearon como si fuera un vulgar delincuente, ante el asombro de Andrea que no se atrevía a abrir la boca. Tomaron mi cartera y anotaron mi nombre, mi dirección y mi teléfono, dejando todas mis pertenencias tiradas en la mesa encima del bloc de notas y del sobre sepia que parecía invisible a sus ojos.

─Le llamaremos mañana para ver si su memoria ha vuelto y si necesitara algo, puede localizarnos en este teléfono ─ Su tarjeta de visita salió volando y tapó el ojo risueño que no había dejado de mirarme en ningún momento.

Cuando se fueron, solté todo el aire que había estado conteniendo en los pulmones. Fue como si estuviera lleno de helio, como los globos y al llegar el amanecer descendiera de las alturas para caer al vacío.

─ ¿Lo has abierto? ─Andrea me sorprendió pues había tomado el sobre entre los dedos y lo daba vueltas con curiosidad ─ni siquiera pude contestar pues estaba en estado de conmoción ─ ¿A qué esperas? ¿A que vuelvan?

Tomé el sobre con delicadeza y lo abrí con cuidado para no romperlo. Dentro había un broche de plata con unas inscripciones en griego. Saqué también un papel doblado y sellado con un lacre rojo.

<<No me abras si no vas a cumplir lo que se te ordene>>

Se lo enseñé a Andrea que, sin esperar mi aprobación, rompió el lacre y comenzó a leer en silencio.

La miré con asombro por su descaro. Su expresión fue cambiando y el color rosado fue abandonando sus mejillas para convertirse en un blanco marmóreo que hizo que se me erizara el vello de la nuca.

─Estamos muertos ─su afirmación me cogió por sorpresa dejándome atónito.

Me entregó el papel y lo leí con avidez.

<<No deberías haberme abierto, porque has firmado tu condena. Ahora nos perteneces igual que tus antecesores. Solo hay una forma de librarte de nosotros y tienes un día para descubrirlo. Busca tu destino y no te pares porque el tiempo se acaba>>

─ Andrea ¿sabes algo de esto?

─Solo lo que se susurra en la biblioteca.

─ ¿De qué estás hablando?

─Hay una secta secreta que se hacen llamar los <<Bibliotecatys>> que usan como maestro a Leonardo Da Vinci y que son expertos en el engaño. Buscan sus adeptos entre personas solitarias y que aman los libros con pasión. Les ponen a prueba y si lo superan, se convierten en miembros del grupo.

─ ¿Y si no consiguen resolver sus acertijos?

─Desaparecen sin dejar rastro.

Comencé a dar vueltas sin poder creer lo que me estaba contando. Parecía una novela de terror donde yo me había convertido en el protagonista. Vi como cogía su bolso y se ponía la chaqueta con dedos temblorosos.

─ ¿Qué haces? ¿Dónde vas?

─Me largo, la carta es tuya así que el problema también lo es. No quiero saber nada de este embrollo.

─Tú la has abierto.

─Eso no lo sabe nadie y el sobre te lo dieron a ti, así que tú eres al que ellos van buscando. Yo me largo.

 

@mcnavas1

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Acerca de Galiana

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3 respuestas a Carmen Navas Hervás: Ser feliz I

  1. antoncaes dijo:

    Muy bueno, me ha dejado con la miel en los labios.

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