Carmen Navas Hervás: Imposible

Esa mañana estaba muy cansado. La noche anterior no había conseguido dormir nada a pesar de tomarme dos pastillas de esas que duermen a los elefantes. Me sentía muy raro y sin falta tenía que ir a currar. Desde hacía dos años vivía en Japón y trabajaba en una empresa de software para ordenadores. Siempre se me había dado bien la informática y cuando se presentó la oportunidad, no dudé en aprovecharla.

Me coloqué los vaqueros, mi camisa negra y la gorra calada hasta los ojos y salí corriendo para no perder el tren de las ocho. Ni siquiera pude desayunar; ya lo haría en la central. Lo bueno de estar en esa planilla era que para la empresa lo más importante eran sus empleados, a los que cuidaba como si fueran sus hijos. Teníamos un restaurante donde nos servían comida de todos los países, un gimnasio con spa, y lo fundamental para mí, una sala para poder echar una cabezadita: eso que a la mayoría de los españoles nos gusta tanto, la siesta.

Cuando llegué a mi mesa, la mayoría de mis compañeros me miraron con cara rara.

─ ¿Que pasa tío? ─le pregunté a Berto, un italiano que llegó la misma semana que yo y que se sentaba a mi lado.

─Creo que no deberías haber vuelto al trabajo tan pronto ¿No te han dicho nada los médicos? ─Me di la vuelta porque no sabía de qué hablaba─Lo bueno es que ahora eres más guapo que antes.

Los demás compañeros sonreían de forma disimulada porque no habían sido capaces de decir lo que estaban pensando y que Berto había soltado con naturalidad.

Me centré en mi mesa y la noté cambiada. Daba la sensación de que había estado fuera al menos un mes, por el desbarajuste de papeles dispersados sin orden ni concierto. Mi ordenador también había sido reemplazado por un Mac de última generación ¡Era todo tan extraño! Solo había estado fuera una semana y daba la sensación de que habían sido meses.

─ ¿Puede acudir a mi despacho?

El jefe hacía tiempo que ni siquiera pasaba por la oficina y allí estaba, solicitando mi presencia. Me levanté con pocas ganas y fui siguiendo su estela como un perro fiel. No había estado en el cuarto azul desde el día en el que me contrataron. Entonces me senté frente a él y exhibí mi currículum inmaculado. Me entró un ataque de pánico al pensar que lo que iba a hacer era ponerme de patitas en la calle.

Desde que me había levantado esa mañana tenía una sensación rara, era como si de la noche a la mañana hubiera crecido medio metro porque veía las cosas desde otra perspectiva. No sabía cómo explicarlo.

─Siéntese.

─Gracias.

─¿Cómo se encuentra?

─Bien, deseando volver a mi trabajo y recuperar la normalidad después de estos días de vacaciones.

Me miró con extrañeza, como si hubiera dicho algo raro.

─No hace falta que se precipite, es uno de mis mejores hombres y no quiero perderle así que, si necesita más tiempo, lo entenderé.

Respiré con alivio al ver que no tenía ninguna intención de despedirme. El jefe era un hombre muy serio y sin pizca de sensibilidad. Cuando alguien no cumplía lo esperado lo largaba sin contemplaciones.

─No es necesario, tengo muchos proyectos en mente que quiero poner en marcha cuanto antes.

─Está bien, ya sabe que estamos para ayudarle en lo necesario.

─Me gustaría hacerle una pregunta ─antes de que pudiera decir nada, continué hablando ─¿Qué le ha pasado a mi mesa y a mi ordenador?

─La tuvimos que adaptar a su nueva situación. En cuanto al ordenador, la empresa ha hecho mejoras y los hemos cambiado todos. Y ahora, si me disculpa…

Salí de allí con la sensación de que se me estaba ocultando algo, de que había algo raro en el comportamiento de mi jefe y de mis compañeros. Decidí llamar a Elisa, mi novia, para ver si ella me podía aclarar por qué tenía que ir al médico o por qué todo me resultaba tan extraño.

Descolgó en el primer tono de llamada, era como si me hubiera estado esperando.

─¿Te encuentras bien?

─No sé por qué todo el mundo me pregunta lo mismo ─Se quedó callada ─¿Elisa?

─Sí.

─¿Que ha pasado? ¿Por qué todo el mundo me dice que vaya al médico?

─Espérame en tu oficina y no te muevas.

Me colgó sin dar más explicaciones.

Volví a mi mesa y me di cuenta de una fotografía que había al lado del teclado. En ella estaba yo junto a Elisa en nuestras últimas vacaciones. En ese momento me di cuenta de qué era lo que fallaba, de qué era lo que se me hacía extraño. Miré mis manos, mis piernas y no eran las mías. En la fotografía aparecía sentado en mi silla de ruedas (la que siempre me había acompañado desde que nací), sin embargo, ahora podía caminar y mis manos no estaban mal formadas ¿Qué había pasado? Corrí al cuarto de baño para mirarme en el espejo y en cuanto lo hice, sufrí un shock: mi cuerpo no era el mío. Comencé a hiperventilar. Me dejé caer en el suelo y escondí mi cabeza entre las manos. Cuando me toqué el cuello noté una pequeña marca a todo alrededor.

Elisa entró en el baño y me encontró allí tirado. Se agachó a mi lado y me besó. No dijo nada, solo me tomó de la mano y me consoló con su presencia. Del bolso sacó un recorte de periódico y me lo colocó encima de las rodillas:

<<Un médico italiano desata la polémica al anunciar el primer trasplante de cuerpo entero>>

La miré con asombro.

─Todo ha salido bien y poco a poco irás recordando.

─Este no soy yo.

─Lo sé cariño. Tendremos que acostumbrarnos a tu nuevo cuerpo.

─¿Por qué no recuerdo nada?

─Es un efecto secundario que desaparecerá con el tiempo.

Nos abrazamos en silencio y por primera vez sentí mis manos acariciar su rostro.

 

 

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Acerca de Galiana

Escritora
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2 respuestas a Carmen Navas Hervás: Imposible

  1. Cati Romero dijo:

    Pienso igual Carmen, brillante argumento para escribir un libro, en este caso de ciencia ficción pero con muchos factores humanos en juego.
    Felicidades Carmen, no dejes de escribir
    Un beso

    • Carmen Navas dijo:

      Muchas gracias de nuevo. Yo sigo escribiendo y tienes razón en una cosa: para mi cada relato corto que escribo se convierte en mi cabeza en algo más grande. Este historia está basada en un hecho real que leí en un periódico. Un beso

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