…Y Cía. Elvis Christie: Salvación

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Domingo caminaba triste y cabizbajo. Apenas notaba la algarabía y la música a su alrededor. De vez en cuando tropezaba con algunos adolescentes que se lanzaban confeti o espumillón, pero se recomponía y seguía adelante sumido en sus pensamientos sin prestar atención. En otra época, que ahora le parecía lejana en el tiempo y perteneciente a otra persona, le había encantado la Navidad y su ambiente festivo e ilusionado; pero este día la veía como un periodo desgraciado. Si la Navidad simbolizaba algún tipo de renacimiento, para él representaba todo lo contrario: volver a morir.

Fue la pasada Navidad cuando Mercedes, ahora su ex mujer, le había dejado por otro hombre apenas poco más de un año después de haberse casado. «Lo siento, no es culpa tuya, bla, bla, bla». Creía haberlo superado, pero se daba cuenta de que no era así. La sensación de soledad e incapacidad que le había producido aquel abandono se había acumulado hoy, multiplicándose, cuando en el trabajo había vuelto a escuchar de su jefe otro «lo siento, no es culpa tuya, Domingo, pero los recortes… bla, bla, bla».

Llegó hasta la plaza Mayor y se quedó parado delante del Nacimiento. También en otra época había sido creyente y había cantado villancicos con fervor delante del Misterio. Pero esta Nochebuena ya no creía en nada; y menos que en cualquier cosa, en sí mismo. Dejó atrás la plaza y se encaminó hacia las afueras, buscando de propósito la quietud y el silencio. Comenzó a cruzar el puente y se detuvo a mitad del mismo. Allí el viento arreciaba y el frío calaba más hondo. Pero Domingo tampoco sentía la temperatura. Se encontraba aislado en una burbuja donde no penetraban el frío ni los cánticos. Se acercó a la barandilla y miró abajo, a las negras aguas del río que sólo le devolvían el reflejo plateado de la luz de alguna farola. «¿Qué puedo perder? ¿Qué tengo?», se preguntó en silencio. «Nada, nada, nada», fue la única respuesta que halló. Su voluntad se iba vaciando de todo deseo de vivir mientras se llenaba correlativamente de un único impulso: saltar. El único sentimiento que le resultaba conocido y familiar en ese momento era el abandono, y era el mismo que alimentaba aquel impulso: abandonar y dejarlo todo, que era nada.

Por un momento fue consciente de que sí quedaba algo, aunque no sabía cómo etiquetarlo. Estaba Carmen. Llevaba poco tiempo saliendo con ella, dos meses a lo sumo, y no creía que se pudiera decir todavía que había otra cosa más que atracción y sexo. Y, aun así, tan sólo se habían acostado una vez, unos días atrás. Cierto que había sido bueno y gratificante –no encontraba palabras adecuadas para definir ese encuentro–. Quizá siendo las cosas de otra forma en su vida lo habría calificado de maravilloso; pero ahora no le encontraba singularidad alguna. Alejó de su mente a Carmen y se concentró en la nada que lo embargaba, dejándose arrastrar por el atractivo de tachar definitiva y totalmente su lista de tareas. Se acabó.

—¡Feliz Navidad!

Domingo se detuvo al oír esa voz cuando ya se estaba incorporando sobre la barandilla. Posó de nuevo los pies en el suelo y miró a su izquierda, donde le contemplaba sonriente una chiquilla que no tendría más de catorce o quince años.

—Ah, hola, Feliz Navidad —respondió azorado Domingo esquivando su mirada.

—No puede ser todo tan malo —le dijo la chica mientras posaba una mano sobre su brazo, que se aferraba a la barandilla del puente.

—Qué sabrás tú, mocosa, seas quien seas —gruñó él retirando el brazo.

—Soy… —Domingo no alcanzó a entender su nombre, eclipsado por la explosión de un cohete en el aire cerca de allí, pero le pareció que sonaba como Navidad, o algo así. «Lo que me faltaba, una alucinación», se dijo con amargura pensando en los fantasmas navideños del famoso cuento de Dickens.

—¿Acaso crees haberlo perdido todo? —continuó la chica—. ¿Es que lo que sea que hayas perdido es todo para ti? ¿No existe nada más?

—Mira, no sé quién te crees que eres para pretender saber lo que yo he perdido —se defendió Domingo.

—Dímelo tú entonces—pidió la chica con una dulcísima y amable voz.

—¿Qué te parece mi mujer y mi trabajo, eh? Lo único que tenía; lo único que me importaba. Si nada tengo y nada más me importa, nada dejo. ¿No crees? —respondió él.

—Bueno, yo veo un hombre joven… ¿Cuántos años tienes? ¿Veintiocho? —Como quiera que él no la contradijese, continuó—: Aun sin mujer ni trabajo, me resisto a creer que no haya nadie ni nada más. Y aún así: ¿eran ella y ese trabajo tan especiales como para acabar con lo más preciado que tienes? ¿No eres tú más especial que ellos y que todo lo demás? No digo para ellos; digo para ti mismo. —Las palabras de la chica se le iban metiendo dentro y resonaban con eco en su cabeza—. Probablemente para tu mujer no fueses lo que tú hubieras querido ser —siguió diciendo ella—, y seguramente en ese trabajo no te hayan valorado en la medida que tú realmente vales; pero mírate con sinceridad y haz tu propia evaluación. Y mira a tu alrededor y piensa para quién y para qué más puedes ser valioso.

Esa muchacha parecía leerle el pensamiento. Domingo había relajado su postura e inconscientemente se había apartado de la barandilla. Pensó en Carmen y recordó sus ilusiones de años atrás.

—Es posible —reconoció con un hilo de voz—. Hay una chica… Llevamos poco tiempo juntos, aunque puede que sí haya algo importante entre nosotros, o al menos llegue a haberlo. Y yo quería ser ingeniero, pero dejé los estudios sin terminar. Me acostumbré a la comodidad del salario mensual de un trabajo que, la verdad, tampoco era gran cosa.

—¿Ves? —lo animó la chica, exhibiendo de nuevo aquella radiante y contagiosa sonrisa—. Realmente la Navidad sí es un tiempo de renacimiento y de cambios. —«¿Es que es bruja, o qué?», se admiró Domingo—. Tienes la oportunidad de comprobar si realmente esa chica es todo lo especial que intuyes, y si tú eres para ella lo que desearías ser. Y puedes plantearte acabar esos estudios. Venga, colega, no me digas que esa intriga no hace que quieras seguir hasta el final.

La chica se acercó a Domingo, se elevó sobre sus punteras y le dio un beso en la mejilla.

—Me tengo que ir, que aquí hace mucho frío —dijo ella mientras se giraba y comenzaba a alejarse—. Y tú deberías hacer lo mismo.

—Perdona —alzó él la voz cuando la tuvo a cierta distancia—. Antes no he entendido bien tu nombre.

De nuevo los petardos que unos niños habían lanzado en las cercanías impidieron que Domingo oyese el nombre que le dijo, aunque otra vez creyó entender algo parecido a Navidad. Pero esta vez se lo tomó como una simpática casualidad. «Mi precioso y anónimo ángel salvador», se dijo en un susurro.

 

– – – o O 0 O o – – –

 

Domingo sujeta la mano de Carmen cuando ésta da un último empujón profiriendo un corto grito gutural.

—Ya está. Es una niña —anuncia la doctora y pone una pequeña cosa que se remueve sobre el pecho de Carmen, que la abraza con ternura.

Domingo mira arrobado a ambas con una sonrisa bobalicona en los labios. Carmen le mira y alza un poco a la niña, reconociéndole en silencio su parte en esa obra de los dos. Él no cabe en sí de felicidad. Carmen ha sido todo lo que esperaba y mucho más. Le animó cuando perdió el empleo y lo ayudó a encontrar otro mientras retomaba sus estudios de ingeniería. Ahora Domingo trabaja en una fábrica de maquinaria industrial y sueña con licenciarse e ingresar en el departamento de I+D. Está decidido a conseguirlo y convencido de que lo va a hacer.

Nunca le ha contado a Carmen su flaqueza de la pasada Navidad, aunque sospecha que ella intuyó algo. Su forma de acompañarlo, de abrazarlo por las noches. Ahora es agua pasada. El presente y el futuro están delante de él.

—Es maravillosa —le dice Domingo—. Como tú.

—Sí, lo es —reconoce Carmen—. Me gustaría llamarla como mi abuela: Natividad. ¿Qué opinas?

Algo se revuelve dentro de Domingo y siente un escalofrío. El timbre de la voz de Carmen y su sonrisa al decirlo: Natividad. Se la queda mirando muy serio.

—Carmen, ¿cuándo te quedaste embarazada? —la interroga.

Ella se queda pasmada. «¿No estará pensando que yo…?», se pregunta. Pero no. La cara de él no es acusadora. Es otra cosa. ¿Asustada?

—¿Eres tonto? Echa cuentas. Estoy segura de que fue la primera vez que lo hicimos, poco antes de Navidad en tu piso ¿o ya no te acuerdas?

Sí, claro que se acuerda. Y también recuerda a una chica cuyo nombre no pudo oír, amortiguado y silenciado por el ruido de su propio interior. Domingo se inclina y besa a su hija en la frente mientras acaricia la cabeza de Carmen.

—Natividad. Mi precioso ángel salvador.

 

Elvis Christie

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