…Y Cía. Elvis Christie: La señal

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Upsala, Suecia.

 

A sus diecisiete años, Axel Bergström se encontraba ante la clásica encrucijada adolescente de elegir carrera y su dilema era doble: por un lado, no sabía cómo explicar a sus padres que el Derecho y la continuación de la saga familiar como abogado no le atraían lo más mínimo; por otro, no se decidía entre sus dos verdaderas pasiones, la informática y la astronomía, que para sus padres eran tan sólo hobbies simpáticos. El verano estaba a punto de terminar y aún no había tomado una decisión al respecto, así que, como siempre que se planteaba el problema –varias veces al día–, lo soslayaba jugando unas partidas de MassAtack, el videojuego de moda en la Red.

La popularidad de MassAtack se debía sobre todo a que conseguía una completa y muy verosímil inmersión sensorial en un mundo de realidad virtual, algo hasta la fecha inédito en el sector. El jugador, convenientemente ataviado con los correspondientes periféricos (casco integral, guantes, sillón ergonómico y mandos de juego), se convertía en un piloto de la ESF (siglas de la Earth’s Space Fleet, o Flota Espacial Terrestre), y participaba en encarnizadas batallas galácticas contra los ejércitos de unos monstruosos alienígenas que intentaban conquistar la Tierra. Por si fuera poco, el juego era interactivo y los jugadores podían formar escuadras, comunicándose entre ellos a través del micrófono y los auriculares integrados en el casco.

Axel se conectó al servidor local de MassAtack y buscó alguna batalla que estuviera a punto de iniciarse. Faltaban diez minutos para el comienzo de una de ellas y, revisando la lista de participantes que se hallaban a la espera, encontró a Birgitt y Jonas, dos amigos tan adictos al juego como él.

—¡Eh, chicos! ¿Vamos a dar caña a esos bichos? —saludó Axel pulsando los avatares de sus amigos.

—Hombre, ya te echábamos de menos —contestó Birgitt—. Venga, démosles una buena lección. Me pido comandar la escuadra.

—Como quieras —le dijo Jonas—. Nosotros te vigilaremos ese bonito culo respingón.

Las naves virtuales del grupo de amigos se hallaban en un hangar, prestas a salir disparadas nada más apareciesen en el cielo las naves enemigas, fácilmente distinguibles por su forma redondeada y sus colores chillones, a diferencia de las oscuras y ahusadas naves de la ESF. Axel se encontraba dispuesto para el despegue, con sus armas preparadas, cuando aparecieron las naves alienígenas sobre el horizonte. Para su sorpresa, no se trataba de los acostumbrados vehículos de otras batallas. Era un grupo de naves numeroso, con distintos tamaños y formas algunas de ellas, y de color apagado. Avanzaban por el cielo en formación y a poca velocidad. Aquello era muy extraño. Oyó por los auriculares la orden de atacar dada por Birgitt y despegó, viendo cómo de otros hangares salían más naves de la EFS. Todas ellas rodearon a los invasores y comenzaron a disparar. La batalla terminó en menos de un minuto con la flota enemiga completamente destruida sin haber llegado a desplegar sus cazas ni a disparar un solo láser.

—¿Qué ha pasado, tíos? —preguntó contrariada Birgitt.

—No lo sé, pero ha sido una mierda —respondió Jonas—. ¿De qué va esto, Axel? —le preguntó, sabiendo que éste solía estar al corriente de todas las novedades del juego.

—¿Axel? —repitió Jonas al no recibir respuesta de aquél.

—Esperad, que estoy mirando en los chats —les pidió—. ¡Joder! Parece que ha sido así en todas partes. Todos los chats –y digo «todos»– están echando humo. Por algún motivo el juego ha cambiado y los aliens han salido así de atontados en todas las batallas. La peña está cabreadísima. Nadie lo entiende.

 

Tokio, Japón.

 

—¿Qué demonios está pasando? ¿Alguien me lo puede decir? —chillaba Hiromi Hatoyama, el Director Técnico de la Sekai Corp, el gigante tecnológico propietario de MassAtack.

—Estamos intentando localizar la brecha de seguridad y el origen del hackeo, Sr. Hatoyama, pero no damos con ello. Ni siquiera Sasaki lo encuentra —dijo respetuosamente Haru Takumi, jefe de seguridad informática.

—Encuéntrenlo. ¡YA! —dijo el director con un rugido dando un puñetazo en la mesa.

En menos de seis horas, el volumen de usuarios de MassAtack había caído en picado hasta unas miserables decenas de millones, cuando esa misma mañana las conexiones se contaban por cientos de ellos. Si la situación continuaba, el juego quedaría rápidamente obsoleto y la acciones de la Sekai Corp se desplomarían.

Hiroko Sasaki, a quien se podría considerar la madre de MassAtack, revisaba frenéticamente los sistemas de seguridad de la Sekai Corp y la programación del juego con su equipo de realidad virtual, lo último y más sofisticado que se había fabricado hasta el momento. Era incapaz de dar con el fallo del sistema o la modificación del software, pero el cambio estaba allí. El videojuego llevaba horas comportándose de manera anómala, presentando gráficos y secuencias ajenas a él. Y ella, su creadora, no encontraba la causa.

 

Upsala, Suecia.

 

Axel Bergström había perdido la cuenta del número de partidas que llevaba jugadas ese día. Pero daba igual porque en todas ellas, con cada vez menos jugadores, el resultado era el mismo: el enemigo se limitaba a aparecer y dejarse masacrar. De hecho, ya sólo se iniciaban partidas en los niveles inferiores del juego, donde únicamente participaban novatos. Internet era un clamor, pero todo eran quejas y teorías conspiratorias de lo más descabellado; ni una sola explicación plausible.

Tras la última partida, en la que ni siquiera había tomado parte y se había quedado observando cómo las naves de la EFS aniquilaban sin oposición a la flota alienígena, no se había movido del escenario que tenía en pantalla. Todos los demás usuarios se habían desconectado y él seguía allí, mirando un paisaje ficticio desolado y pensando en lo absurdo de acabar de golpe con el mejor videojuego de la Historia.

Se encontraba perdido en sus pensamientos cuando vio aparecer un nuevo contingente de enemigos. No se molestó en prepararse para el combate. Los observó llegar y detenerse a poca distancia flotando a unos metros del suelo. Curioso, avanzó con su nave hasta situarse prácticamente delante de ellos. «Venga, disparad», dijo. Pero de aquellas naves no salió fuego alguno. En cambio, la más grande de ellas, que se situaba al frente del grupo, emitió una luz azulada dirigida hacia el suelo y con ella descendieron cinco figuras. No eran los monstruos repelentes típicos del juego. Eran humanos, o al menos lo parecían. Como la programación de MassAtack no permitía virtualizar los avatares en el escenario fuera de la nave, Axel siguió observando desde ella a aquellos seres. Gesticulaban hacia él, pero ninguno de sus gestos le decían nada. De repente, uno de ellos alzó un brazo y del mismo surgió una especie de rayo que alcanzó su nave.

En ese momento todo su campo de visión se volvió negro y brillante y Axel se vio viajando por el espacio a velocidades endiabladas. Dejó atrás la Tierra, abandonó el Sistema Solar y en unos segundos alcanzó un sistema ajeno, muy similar al suyo, aproximándose a un planeta que podría ser hermano de la Tierra, con océanos y continentes. En una rápida sucesión de imágenes pudo ver lo que intuyó se trataba de la evolución de la vida en dicho planeta: desde la aparición de los primeros animales hasta la creación de ciudades por esos seres tan semejantes a los humanos. Contempló el crecimiento de sus ciudades y lo que sin lugar a dudas eran guerras entre ellos. Los vio despegar en aeronaves y recorrer su espacio inmediato y, finalmente, asistió a su ocaso, observando cómo ese planeta parecía marchitarse sumido en una especie de nube grisácea que no supo interpretar. Quizá contaminación o puede que las consecuencias de algún holocausto. En cualquier caso, la población había quedado reducida a unos pocos núcleos, si bien sin llegar a extinguirse. Poco a poco esa escasa población comenzó a remontar y a crecer hasta alcanzar su máximo nivel anterior, con aeronaves que de nuevo surcaban los cielos, alcanzando cada vez mayores distancias.

Repentinamente, Axel se encontró alojado en una extraña nave, traslúcida e incorpórea como un holograma, viajando a una velocidad inimaginable. En este «fantasma», como mentalmente lo bautizó, visitó planetas de otros sistemas de la Galaxia cuyas civilizaciones se habían extinguido tiempo atrás, quedando tan sólo los restos de ellas. Las últimas secuencias correspondían a su propio planeta, la Tierra, tal y como era actualmente. Se vio acercándose y penetrando en uno de los satélites que la orbitaban para después desintegrarse en millones de fragmentos que se dispersaron y distribuyeron por otros tantos nodos de Internet. Por último, apareció en un escenario que reconoció como un campo de batalla de MassAtack donde cientos de naves de la EFS despegaron frente a él y comenzaron a dispararle.

Las imágenes desaparecieron con un fogonazo y se encontró de nuevo en su nave ante la pantalla de inicio del videojuego, solo.

—¡Dios mío! —exclamó, comprendiendo lo que acababa de experimentar. Si no se había vuelto loco, MassAtack había sido «pirateado» por una señal extraterrestre llegada desde las profundidades de la Galaxia para avisarles. Para avisar a la Humanidad de la inminencia del Gran Filtro.

Dentro de las teorías que intentan explicar lo que se conoce como la «Paradoja de Fermi» (popularmente expresada como «¿dónde está todo el mundo?») se encuentra la del Gran Filtro, que sugiere que si la Humanidad no ha tenido contacto con ninguna civilización alienígena, pese a la inconcebible inmensidad del Universo, es debido a la existencia de una etapa en el proceso evolutivo que ninguna especie es capaz de superar, conocida como Gran Filtro. Lo que estos seres le habían enseñado no era otra cosa que su excepcional superación de esa etapa y su evolución a partir de ella, mostrándole cómo muchas otras civilizaciones –todas, por lo que parecía– no lo habían conseguido, y el aviso de que aún podrían estar a tiempo de sortearlo.

La trascendencia de la revelación dejó sobrecogido a Axel. Pensó en hablar con sus amigos, con sus padres e incluso con la policía, pero lo descartó de inmediato: le tomarían por un loco; por una especie de don Quijote del siglo XXI. Sólo se le ocurría una persona a quien hablarle de ello. No la conocía (¡qué más quisiera!), pero era mundialmente famosa y tenía su dirección electrónica oficial al alcance de un toque, en su pantalla virtual. Pulsó el icono de «asistencia al jugador de Nivel I» y envió un largo mensaje a Hiroko Sasaki.

 Tokio, Japón.

 

—De acuerdo, señor Primer Ministro. Ha sido un honor. Adiós —dijo Kenji Yagami, presidente de la Sekai Corp, antes de colgar el teléfono y dirigir una mirada cargada de aprensión a su consejo de administración, al que había sido invitada la señorita Sasaki.

La reputación de Hiroko Sasaki, considerada una heroína nacional, había sido suficiente para convencer al presidente de la compañía de que la señal recibida en sus sistemas era cierta y había que alertar a las autoridades. El mensaje de Axel Bergström sólo había sido uno de cientos del mismo tenor. Usuarios que, como la propia Hiroko, habían experimentado el viaje virtual por la Galaxia hacia su posible y desgraciado futuro. Ahora todo estaba en manos de los líderes de las naciones de la Tierra.

 

Sistema Solar de Tabby, a 1.500 años luz de la Tierra.

 

—La señal ha sido recibida —anunció el ingeniero.

—Bien —replicó su interlocutor —. ¿Crees que sabrán interpretarla?

—Eso espero, por su bien —le respondió el primero.

—Sí, aunque lo difícil será que sepan cómo actuar y hacerlo a tiempo. Pero ahí ya no podemos ayudarles.

 

Elvis Christie

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