…Y Cía. Elvis Christie: Hora de matar (parte 2 de 3)

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Martes 1 de noviembre, 12:22 horas.

 

El departamento local de criminalística de la Comisaría de Toledo no tiene nada de cinematográfico, a diferencia de la Comisaría Principal de Policía Científica, en Madrid. Unas cuantas dependencias que podrían pasar por laboratorios y poco más. En la práctica se reduce a una estancia con varios ordenadores, no muy diferente de un ciber-café, donde consultar los datos y elementos técnicos de la investigación una vez analizados por los especialistas y volcados a la red interna. El agente Gerardo Sánchez, gruñón por naturaleza, llevaba toda la vida al frente del departamento y cualquiera que quisiese sentarse ante uno de esos ordenadores tenía que vérselas con él. El inspector Fonseca se acercó a su mesa con una sonrisa en la cara y un aperitivo en la mano.

—Buenas, Sánchez, gracias por venir en festivo. Toma, un tentempié de «Casa Toño». Su hermana me ha dicho que hoy le ha salido la tortilla para chuparse los dedos —saludó el inspector mientras entregaba al agente una tartera—. Necesito echar un vistazo a las grabaciones de vídeo y audio del homicidio de anteayer. ¿En qué chisme me siento?

—No te lo tendré en cuenta porque vienes de fuera y porque la tortilla de la Juani es mi debilidad —rezongó Sánchez volviéndose sobre su escritorio y ejecutando una serie de comandos en su ordenador—. Ya lo tienes. Ponte en el cuatro y acuérdate de apagar cuando termines.

 

 Martes 1 de noviembre, 22:04 horas.

 

Fonseca se acodó sobre la barra y pidió un whisky con hielo. Necesitaba pensar y el ambiente poco ruidoso y tenuemente iluminado del pub que había cerca de su casa le resultaba idóneo para ello. Más que su propio piso, aún a medio amueblar, que seguía sintiendo ajeno e incómodo.

Había salido tarde de la Comisaría, enfrascado en la revisión de las grabaciones y la lectura del informe forense. Después de volver una y otra vez sobre los datos, algo no terminaba de encajarle. La intuición de esa mañana se había intensificado a lo largo del día conforme contrastaba las pruebas y reflexionaba sobre ellas.

Hasta por tres veces llegó a reproducir la grabación de la cámara de seguridad y no tenía dudas al respecto: las imágenes eran nítidas y se apreciaba con claridad cómo Esteban Cruz llegaba al portal del domicilio de su esposa a las 17:49 horas del domingo y lo abandonaba a las 18:45. Entretanto, nadie más salía o entraba del inmueble. Por ese lado no parecía haber nada raro, aunque le producía la sensación de que algo se le escapaba o pasaba por alto. En cambio, enseguida encontró el elemento discordante en la grabación de la llamada al 091. Tras escucharla varias veces, estaba convencido de que Sandra Cuadrado no había querido decir que su marido la había apuñalado. Podía equivocarse en su interpretación, desde luego, pero en cualquier caso debían corregir la transcripción oficial porque no era fiel a lo que se escuchaba, aunque sólo fuese por una letra. Visualizó en su mente la transcripción correcta:

 

OPERADORA: Policía, dígame.

SANDRA C. [con un agónico hilo de voz]: Socorro, me han apuñalado… [siguen varias respiraciones entrecortadas].

OPERADORA [sobresaltada]: Perdón, ¿quién…?

SANDRA C.: Mi marido… [se corta la llamada].

 

Varias cosas en la conversación martirizaban al inspector. Por un lado, no decía «me ha apuñalado», sino «me han apuñalado», en plural. Y, por otro, existía un espacio –muy breve pero inmenso en significado– entre esa afirmación y la mención del marido. Anotó mentalmente estos detalles y continuó sumido en sus pensamientos.

El informe del forense sobre las trayectorias de las puñaladas dejaba también mal sabor de boca al inspector: ambas presentaban sentido descendente, con bastante inclinación, lo que sugería que el autor era más alto que la víctima. Pero es que la ubicación del bazo –el principal órgano afectado– en la parte superior izquierda del abdomen sugería a Fonseca que las puñaladas debían de haberse asestado desde detrás, ya que desde el frente la trayectoria habría sido o bien ascendente o bien mínimamente descendente, dependiendo de la forma en que el agresor empuñase el arma; además y como consecuencia de lo anterior, el autor debía de ser zurdo. Sin embargo, Esteban Cruz era diestro. No obstante, Fonseca era consciente de que eran conclusiones un tanto precipitadas ya que partían de la premisa, no confirmada, de que el ataque se había producido estando los sujetos en pie. Era lo más probable y la estadística lo confirmaba, pero no era una certeza.

En cualquier caso, visto en su conjunto, los indicios que apuntaban a Esteban Cruz como autor de la muerte de su esposa se debilitaban y perdían consistencia desde el punto de vista del inspector. Tenía que poner al corriente al comisario Salinas y presentía que no iba a ser fácil.

 

 

Miércoles 2 de noviembre, 09:02 horas.

 

El comisario Anastasio Salinas era un hombre afable y tranquilo, con un fino sentido del humor. En el pasado había sido un inspector sagaz, inquieto y celoso de su trabajo, pero los años y el destino en una ciudad paradigma de la tranquilidad, en la que los delitos menores llenaban la mayoría de los expedientes, lo habían transformado. A su edad se encontraba ya un tanto cansado e impregnado de conformismo, aunque se jactaba ante sí mismo de saber dirigir una unidad policial y sacar lo mejor de sus subordinados.

Sin embargo, el inspector Fonseca tenía a su superior por el típico chupatintas que sólo está a la espera de la jubilación y barruntaba que no le iban a gustar sus dudas sobre el caso de Sandra Cuadrado. En el poco tiempo que llevaba a sus órdenes ya habían tenido algunas diferencias por la impulsividad de uno y la aparente indolencia del otro.

El inspector se presentó en el despacho del comisario nada más comenzar la jornada de ese miércoles y le dio cuenta de sus especulaciones.

—Vamos a ver, Fonseca —empezó a refutarle Salinas con paciencia—: tú mismo has dicho que no podemos afirmar con rotundidad que la víctima estuviera en pie cuando fue apuñalada. Puede que sea lo más normal, lo más probable en términos estadísticos, pero es tan sólo una conjetura, y lo sabes.

—Sí, de acuerdo, señor comisario —convino el inspector Fonseca—. Y lo dejaría correr si fuese el único hilo suelto. Pero también está la grabación de la llamada. Ella dice claramente «me han apuñalado»: «han», en plural. Si se tratase de su marido o, ya puestos, cualquier conocido, habría dicho «me ha apuñalado». Que emplease el plural significa que o bien se trataba de varios agresores –y no tenemos motivos para creer que fuera así–, o bien no llegó a ver quién la atacaba, lo que refuerza mi «conjetura» de que fue apuñalada desde detrás, por la espalda.

—Joder, Fonseca, ya me habían avisado de que te gusta complicar las cosas —respondió Salinas frotándose los ojos y restregándose la cara con las manos.

—Y eso no es todo —señaló no sin cierta aprensión el inspector.

El comisario Salinas suspiró.

—Pues venga, suéltalo antes de que me dé dolor de cabeza —le apremió. Y añadió mirándose el reloj—: Por Dios, qué mal me sienta siempre el cambio de hora. Me lleva toda una semana acostumbrarme y duermo de culo.

—Lo siento, señor, ya termino. Le quería decir que, además, hay un extraño corte en la frase. No es sólo que el verbo en plural no concuerde con «mi marido», en singular; sino que entre ambos se produce un lapso prolongado y hay un cambio de entonación que dan a entender que «mi marido» no es el complemento indirecto de la primera frase, sino el sujeto de una segunda frase que sólo llega a arrancar. No sé si me explico.

El comisario se lo quedó mirando con cara de perplejidad y se tomó unos instantes para responder.

—¿Me estás vacilando, Isidro? No, déjalo, no contestes; ya sé que no. A ver, comprendo que el verbo «han» no concuerda con «mi marido». Hasta ahí llego. Podría buscar varias explicaciones para ello, como por ejemplo que estaba moribunda y no articulaba bien las palabras, pero no lo voy a hacer porque quiero que antes me expliques eso del sujeto de no-sé-qué y saber a dónde quieres llegar. Y, por favor, en mi idioma —le recriminó Salinas, que empezaba a perder la paciencia.

—Discúlpeme, señor comisario. Me explicaré mejor —dijo el inspector tranquilizándose y acomodándose en el asiento—. Después de que la víctima dice que la han apuñalado, hay un  silencio durante el que respira de forma entrecortada, como cogiendo aliento para añadir otra cosa a continuación. Es entonces cuando empieza a decir «mi marido», pero no termina lo que iba a decir; tan sólo se la oye gemir unos instantes y la llamada se corta. Ya hemos confirmado que el teléfono se había quedado sin batería. No sé, creo… No, estoy convencido de que lo que sea que fuera a decir de su marido no era que la había apuñalado, sino algo distinto. El tono que empleó al mencionarlo, aunque fuera en su estado, era de preocupación.

El comisario se quedó pensativo mirando a Fonseca y dejó transcurrir varios segundos.

—Vale. Supongamos que es como dices. ¿Qué sugieres? —terminó preguntándole con aire cansado.

—Necesito un poco más de tiempo para cerrar la investigación, para analizar todos los datos y exprimir a su círculo de familiares y amistades. En la vivienda no había señales de robo, así que me inclino por sospechar de alguien cercano.

—De acuerdo, ponte con ello pero tenme informado en todo momento —concedió el comisario como despedida.

 

Miércoles 2 de noviembre, 13:16 horas

 

—Entonces, ¿no me vas a decir nada? —se lamentó el abogado Enrique Grande tras terminarse de un trago la cerveza—. El juez sigue sin levantar el secreto del sumario y tengo al cliente preso e histérico en Ocaña llamándome cada vez que le dejan usar el teléfono. Por no hablar de los de la prensa, la radio y hasta la televisión.

El inspector Fonseca hizo lo propio con su refresco y miró al abogado.

—No insistas, Quique, ya sabes que no puedo. La investigación continúa abierta y no descarto ninguna posibilidad; es todo lo que puedo decirte. Lo que sí te aseguro es que vamos a hacer nuestro trabajo lo mejor que sabemos. Y quítate a los moscones con lo de la presunción de inocencia, que no eres nuevo, coño.

—Vale, vale, lo entiendo —admitió el otro mientras se levantaba—. Y ahora discúlpame, tengo que dejarte. Aún tengo mil cosas pendientes, además de recoger a los niños del colegio, y con el cambio de hora ando un poco despistado esta semana y no me cunde. Invito yo —añadió mientras dejaba unas monedas en el mostrador—. Cuídate.

Isidro Fonseca se había quedado mirando el reloj de detrás de la barra y ni siquiera correspondió a la despedida de su amigo. Desde que había hablado con el comisario esa mañana algo le rondaba la cabeza sin llegar a definirse. Era una idea esquiva que se le escapaba cada vez que intentaba aprehenderla, pero las palabras del abogado la habían traído de vuelta con nitidez. Aunque se trataba de una posibilidad bastante remota, debía comprobarla inmediatamente. Sacó el teléfono y marcó.

—Bermúdez, soy Fonseca —dijo al oficial cuando éste descolgó al otro lado de la línea—. Una pregunta: ¿a quién pertenece la cámara de seguridad de la calle Atenas y por quién tengo que preguntar que esté a cargo de ella?

—Eso son dos preguntas, inspector —contestó Bermúdez con sorna, arrepintiéndose al momento ante el elocuente silencio de su superior—. Esta bien, son del Ayuntamiento y se encarga un tal Raúl, de la Concejalía de Seguridad Ciudadana —explicó el agente.

Fonseca cortó sin despedirse y en pocos minutos había concertado una cita «para ya», según sus palabras, en el propio Ayuntamiento con el responsable de la cámara.

 

 

Elvis Christie

 

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