…Y Cía. Elvis Christie: El negociador

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Lyon, Francia.

 

—Jefe, piden un negociador desde Madrid —dijo Pierre Moreau nada más entrar el despacho de su superior, el director de la sección antiterrorista de la Interpol—. Atraco con rehenes.

—¿Y crees que…? —preguntó Gérôme Chardin, sabiendo a qué se refería su subordinado.

—Sí —afirmó Pierre—. Es la ocasión perfecta y está todo preparado. Sólo hace falta su visto bueno.

—¿Quién será el enlace? —interrogó el director.

—El inspector Castro, el especialista de la Oficina Central de Madrid. Es muy bueno.

—Bien, adelante. Que preparen la sala de comunicaciones. Quiero todos los detalles de la operación en directo.

Madrid, España.

 

El inspector Antonio Castro había recibido las instrucciones precisas y toda la información disponible –que no era demasiada– acerca del atraco en el Banco de España: asaltantes muy bien organizados, un número indeterminado de rehenes y un posible botín de dimensiones inimaginables.

La cámara acorazada del Banco de España se tenía por inexpugnable. A casi cincuenta metros de profundidad, para llegar a ella deben atravesarse tres puertas blindadas de varias toneladas de peso con apertura de doble clave. Además, y aparte de otras medidas de seguridad más habituales, cuenta con un sistema de inundación por agua del río Manzanares que hacía que en sus más de ochenta años de existencia nadie hubiera siquiera intentado asaltarla. Hasta ahora. Y es que el premio hacía merecer la pena: entre lingotes de oro –incluyendo el famoso oro nazi– y colecciones numismáticas, el valor total custodiado se estimaba en más de quince mil millones de euros. Y sólo era la mitad de lo que llegó a haber unos años atrás. Entre 2004 y 2007 el gobierno había vendido buena parte de la reserva y probablemente ello había motivado una relajación de las medidas de seguridad.

«Alguien debería haber sumado dos más dos», se dijo el inspector Castro. Ahora se encontraban con unos atracadores que, sorteando toda esa seguridad, habían accedido a la cámara, retenían a varios rehenes y habían pedido un negociador. Probablemente para pactar la huida, la misión imposible de su plan según sospechaba el inspector.

Antonio Castro terminó de acomodarse el casco de comunicaciones y accedió a la sala de enlace desde la que mantendría el contacto con la central en Lyon y con el negociador, el cual llegaba en esos momentos en un coche policial a las afueras del edificio del Banco de España.

El negociador se presentó como «Boris» y fue exhaustivamente cacheado al acceder a la zona controlada por los atracadores. Incluso fue escaneado con un detector de metales y obligado a desnudarse. El inspector Castro no pudo por menos que sonreír. «La tecnología es maravillosa… y muy cabrona», pensó. En el fondo todo son señales electromagnéticas y líneas de código binario. Una señal se anula con otra y una orden informática se cancela o altera con otra que transmita la adecuada secuencia de ceros y unos. Así de simple. Por ello, el inspector Castro podía ver y oír lo que el negociador estaba viendo y oyendo en ese momento. Hasta ahora había contado cinco intrusos: los encapuchados que lo habían recibido y registrado. Había que recopilar más información y dio las oportunas instrucciones a Boris a través del micrófono.

—Necesito asegurarme de que los rehenes se encuentran bien —dijo Boris a uno de los asaltantes. Éste se giró, musitó algo a través de un intercomunicador y le hizo un gesto para que lo siguiera.

Lo llevaron a una estancia donde retenían a un grupo de personas amordazadas y sentadas en el suelo. Había veintitrés y todas ellas estaban atadas de manos y pies y lucían algo colgado del cuello.

—¿Qué es eso? —preguntó Boris al atracador que lo había conducido. En ese momento entró en la habitación otro asaltante a cuyo paso los demás se retiraban en clara muestra de respeto o miedo. No ocultaba su rostro –nada particular, por otro lado–.

—Boris, ¿verdad? Puedes llamarme Alfred —dijo secamente el recién llegado. Su voz profunda denotaba arrogancia y costumbre de mando—. Como puedes ver, esta gente se encuentra bien dentro de lo que cabe. Y eso que les adorna el cuello es lo que hará que lleguemos pronto a un acuerdo —añadió exhibiendo ante los ojos de Boris un aparato similar a un teléfono móvil—. Si pulso los iconos adecuados… ¡Bum! Veintitrés personas perderán la cabeza. Literalmente —explicó con una maquiavélica sonrisa—. Ah, el alcance es de varios kilómetros.

Desde la sala de enlace, el inspector Castro manipulaba frenéticamente los comandos de su consola, realizando análisis y simulaciones, al tiempo que seguía dando instrucciones al negociador.

—Entendido —dijo Boris—. Déjeme hablar con uno de ellos, con la persona encargada del banco a ser posible, y escucharé sus demandas.

—Muy bien —respondió Alfred y le hizo una seña a uno de sus secuaces al tiempo que dirigía la vista a uno de los rehenes—. Supongo que éste te servirá. Es el interventor.

El atracador señalado tomó a uno de los rehenes del suelo, le quitó la mordaza y lo acercó a Boris. Estaba muy nervioso.

—¿Son ustedes todos los rehenes que hay? —le preguntó el negociador en tono tranquilo.

—Sí, señor. Somos todos empleados del Banco —contestó el interpelado asintiendo—. Debe usted acceder a lo que pidan, por favor. Han desactivado todas las medidas de seguridad, incluso la de inundación, y han llegado a la cámara. No hemos podido negarnos a dar las claves —añadió con pesar—. La verdad es que no sé cómo tendrán pensado sacar de aquí casi trescientas toneladas de oro, pero no se puede ir muy lejos con algo así.

—Ya está bien —cortó Alfred y apartó al interventor del banco, que fue sujetado por otro de los atracadores y devuelto a su sitio en el suelo—. Ahora hablemos —ordenó mirando al negociador—. Si me acompañas…

Mientras Boris seguía a Alfred fuera de la estancia de los rehenes, el inspector Castro finalizó sus cálculos y análisis y habló: «Examen finalizado. Aparte de los veintitrés rehenes, hay otras doce personas en el edificio: seis en la planta principal sin contar al negociador, tres en el primer sótano y otras tres en el segundo, donde está la cámara acorazada. Frecuencias del pulso electromagnético y volúmenes y radio de dispersión del propofol, calculados. Espero orden», se escuchó por los altavoces en Madrid y en Lyon.

—Proceda con el PEM y el gas. Código Morfeo —oyó el inspector por sus auriculares. Comprobó el código y dio la orden al negociador.

Boris se encontraba sentado a una mesa con Alfred, custodiado por sus cinco secuaces. Estos sostenían las armas en posición de descanso, pero Alfred mantenía cerca de su mano el aparato detonador y una pistola. Había empezado a hablar, soltando un discurso sobre los males del capitalismo y la corrupción de las democracias cuando Boris lo interrumpió con un gesto de su mano. Alfred calló contrariado, oyó un siseo y observó perplejo cómo Boris se levantaba y abría la boca. Dijo «dulces sueños» y de ella y por su nariz y orejas comenzó a salir despedido un gas prácticamente invisible. Rápidamente, aunque ya algo aturdido, Alfred echó mano del detonador y comprobó que no obedecía ninguna de sus órdenes mientras iba perdiendo la consciencia, pero aún tuvo tiempo de coger la pistola y disparar al negociador.

Sin ninguna expresión en el rostro, Boris se miró el pecho, donde había recibido el disparo, y vio que de él salía un fluido espeso de color azulado. Aunque quien realmente lo veía era el inspector Castro a través de su casco de enlace con el androide. No había afectado a ningún circuito ni mecanismo de importancia y el negociador pudo proseguir con la misión en las plantas inferiores. Al poco rato, todos los atracadores se encontraban convenientemente inmovilizados, aún bajo los efectos del narcótico, mientras un equipo de antidisturbios evacuaba a los rehenes para después ocuparse de los criminales.

—La operación ha sido un éxito rotundo —dijo Pierre Moreau a Gérôme Chardin en la central de la Interpol, en Lyon—. El prototipo para misiones de infiltración es cien por cien operativo y funciona a la perfección. Podemos continuar con el proyecto.

 

Elvis Christie

 

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3 respuestas a …Y Cía. Elvis Christie: El negociador

  1. Peppo dijo:

    Te imaginas que los políticos sean androides insensibles a la miseria que están causando ?

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