¿Reformamos la Constitución?

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Todos los años cuando se acerca el aniversario de la Constitución se pone sobre la mesa la urgencia de adecuarla a las necesidades que demanda la sociedad española del siglo XXI. Pasado el macropuente de la “Purísima”, que llaman los religiosos, y con el pensamiento puesto en la Navidad la necesidad de reformar la Carta Magna regresa al baúl de los temas recurrentes y pendientes que nunca se abordan.

La Constitución del 78 se adecuó a las urgencias y necesidades que tenía el país terminados los 40 años de Dictadura. Fue un traje a la medida que 38 años después está ajado y obsoleto.

Reformar la Carta Magna no es tan sencillo como puede parecer, ya se encargaron los “padres” de la misma que así fuera para garantizar la estabilidad política. La sociedad española no le tiene ningún miedo a que la reforma constitucional se lleve a cabo, pero determinadas formaciones políticas entran en barrena cuando se les menta el asunto.

El PP no quiere ni oír hablar de tocar la Constitución. Cada vez que el tema se coloca en la palestra a ellos les sale el postureo a favor de la modificación, pero es tan solo eso, postureo. Rajoy exige para llevarla a cabo que en primer lugar haya consenso, el consenso del 78. Alguien debería explicarle al Presidente del Gobierno que el primer verbo a conjugar, incluso antes al de reformar, es el de negociar.

Negociar con todas las formaciones políticas con representación parlamentaria, incluidas aquellas que juran o prometen sus cargos por imperativo legal. Una vez que se tiene claro los que van a negociar, ahora viene pensar qué vamos a negociar y cómo lo vamos a hacer.

La idea no es hacerle un poco de chapa y pintura, sino un tuneo tan brutal que la haga parecer totalmente nueva.

Ante el siempre espinoso tema de organizar un referéndum para elegir entre monarquía parlamentaria o república, al PP y los poderes fácticos que controlan el país los pelos se les ponen como escarpias.

Por si empezar la cuestión de la reforma constitucional con la fruslería de elegir entre monarquía parlamentaria o república no fuera tener que cambiar todo el Título II de la Carta Magna, abramos la caja de los truenos mentando el Título VIII. La cuestión del independentismo en Catalunya o en Euskadi es prioritaria, es tiempo más que de sobra de darle una solución. Hasta ahora Rajoy ha demostrado tener poca cintura en este asunto, pero el enroque de los soberanistas catalanes no es moco de pavo.

Siguiendo el orden de la Carta Magna no deberíamos obviar el Título IX referente al Tribunal Constitucional. La elección de los magistrados que lo componen es un claro ejemplo de cómo la separación de poderes en este país ni está ni se le espera.

Por último, y no menos importante, ¿el texto constitucional que salga de la reforma que nunca llega, debería seguir siendo tan encorsetado como el actual o estamos preparados para abandonar el modelo francés y adoptar el estadounidense?

En fin, es lunes, a menos de dos semanas de la Nochebuena no toca pensar en reformas constitucionales, lo dejamos para dentro de un año que en este país tenemos la costumbre de dejar para el día siguiente los temas de relevancia.

Galiana

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