…Y Cía. Elvis Christie: Justicia paralela

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JUSTICIA PARALELA

           Tras reponerse del repentino mareo que a punto había estado de hacerle perder la consciencia, George salió de su casa aquel lunes cuando acababa de despuntar el alba y la calle comenzaba a cobrar vida. Avanzó hacia el puesto de prensa, tomó un ejemplar del Country News y dejó distraídamente su importe sobre el pequeño mostrador del kiosco. Como de costumbre, miró primero la contraportada para ver el resumen de los resultados y clasificaciones de las principales competiciones deportivas. Echó a andar mientras volteaba el diario y se detuvo en seco antes de haber dado dos pasos. Ocupando toda la portada aparecía una imagen inconfundible de su rostro: «Retrato robot de «El Degollador», rezaba el titular. Un breve pie de foto explicaba que la Policía había conseguido perfilar el retrato del asesino más buscado del país.

            A George comenzaron a temblarle las piernas y el corazón se le aceleró. «Pero ¡¿qué broma es ésta?!», se dijo. Mirando hacia todos los lados, deshizo lo andado y se introdujo de nuevo en el portal de su casa para aclarar los pensamientos. Allí, considerándose momentáneamente a salvo de miradas ajenas, encendió la luz y levantó el periódico para observar la imagen con más detalle. Era él, no cabía duda. Pasó las páginas hasta dar con la que ampliaba la noticia y descubrió que El Degollador, cuya identidad se omitía, había acabado con la vida de varias familias. Al parecer, se introducía en sus domicilios y, tras someter a sus ocupantes a toda clase de vejaciones, los asesinaba seccionando la yugular de un solo y certero tajo en el cuello. George sintió un escalofrío. Esto no le podía estar sucediendo. Él era un político respetable, incapaz de hacer daño a nadie. Quizá había adjudicado algún contrato a dedo por aquí y había recibido unas comisiones ilegales por allá, pero no era ningún criminal sanguinario. Es más, hasta se tenía por un hombre bondadoso y familiar; acababa de dejar aún durmiendo a su mujer y sus dos hijos.

            Todavía perplejo, sacó su teléfono móvil y llamo a Fred, su secretario, pero no llegó a establecerse la conexión. Una voz pregrabada le indicó que el número que había marcado no pertenecía a ningún usuario. «¡Mierda!, no puede ser», exclamó para sí mismo. Probó a llamar al número de teléfono de la oficina por si, casualmente, alguien hubiese llegado temprano. De nuevo se vio contestado por una voz automatizada indicándole esta vez que había llamado a «Estanterías Industriales del Sur» y su horario de atención al público comenzaba a las nueve de la mañana. «¡Joder, joder ¿qué está pasando?!». Aquello era una pesadilla. Sólo por tranquilizarse, sacó la cartera y contempló su documento de identidad: George Jordan. «Bueno, algo en su sitio», pensó.

            Sin saber qué hacer, subió de nuevo a su piso. Tenía que despertar a Sandra, su mujer, y entre ambos buscar alguna explicación a toda aquella locura.

            Se dirigió directamente a la habitación y, nada más abrir la puerta, se quedó estupefacto. La habitación era distinta, con otros muebles y una distribución diferente, y sobre la cama había un hombre que parecía dormido. Sintió que la cabeza comenzaba a darle vueltas como en un torbellino. Iba a gritar, pero algo en los pocos rasgos que podía distinguir del extraño congeló la voz en su garganta: ese tipo era él. No era un simple parecido, sino que era él mismo; con el pelo algo más largo y sin afeitar, pero se trataba de él fuera de toda discusión. «¿Dónde está Sandra?», se preguntó acongojado y lleno de espanto. Salió a hurtadillas de la habitación y se dirigió al cuarto de los gemelos porque se temía que este mal sueño fuera peor de lo que ya estaba siendo. En efecto, allí tan sólo había cajas por el suelo y material de gimnasio (un banco de ejercicios y mancuernas de varios pesos). «¡Por Dios, me estoy volviendo loco!», se decía.

            Aturdido y desencajado fue al cuarto de baño para mojarse la cabeza e intentar despejarse. Nada más entrar sintió un extraño mareo acompañado de una sensación de vacío ardiente que le subía desde el estómago y le nublaba la vista, haciéndole doblarse en dos con unas incontrolables náuseas; exactamente igual que le había sucedido esa mañana al salir de casa. George se incorporó y metió la cabeza bajo el chorro de agua fría del lavabo. Miró a su alrededor y notó que todo daba vueltas vibrando. Parpadeó repetidamente y volvió a mirar, pero la angustiosa sensación de que su entorno trepidaba y se desenfocaba seguía ahí. Era insoportable. Salió trastabillando al pasillo, regresó a su habitación y allí estaba Sandra, aún dormida sobre la cama. Su visión se había aclarado y los objetos ya no se estremecían. «¡¿QUÉ COJONES SUCEDE, POR FAVOR?!», aullaba su mente.

            Retrocedió hacia el pasillo exhalando un profundo suspiro -al menos había visto a Sandra- y entró al baño donde de nuevo lo asaltó aquella sensación de mareo y malestar, con todo tremolando en torno a él, y una idea surgió espontánea y lúcida en su cabeza. «¿Será posible?». Regresó y encontró nuevamente a su doble en aquel cuarto desconocido así como el trastero en el que debía ser el dormitorio de sus hijos. Terminó por confirmar sus sospechas repitiendo ese ir y venir varias veces más. De alguna manera y por algún capricho cósmico, en el aseo de su casa se había creado una especie de singularidad cuántica o como quiera que se llamase algo así, una puerta dimensional que alternaba el acceso entre dos universos paralelos, en uno de los cuales George era un sádico asesino.

            Era algo descabellado que escapaba a su raciocinio, pero en ese momento no le preocupaba ninguna  explicación científica de la experiencia; lo que lo aterrorizaba era la posibilidad de que ese monstruoso clon suyo despertara, atravesase la puerta del baño y encontrara a Sandra y los gemelos. Sin tiempo para pensar en alternativas, sólo se le ocurría una forma de evitar esa atrocidad: tenía que matarlo. Tenía que acabar con él, regresar a su propia realidad y salir huyendo de esa casa con su mujer y sus hijos, o como mínimo esto último. Sin embargo, no había terminado de tomar esta decisión cuando la puerta del aseo se abrió y se encontró frente a frente consigo mismo en calzoncillos, medio dormido y con una expresión de pasmo en la cara. No se había recuperado de su sorpresa cuando la mano de su otro yo hizo presa en su cuello con una fuerza descomunal y comenzó a oprimir sin piedad y sin que los esfuerzos de George por deshacerse de la tenaza sirvieran de nada.

            George empezó a notar la falta de oxígeno y cómo todo se iba oscureciendo a su alrededor mientras, por puro instinto, pataleaba y manoteaba sin objetivo en un inútil intento de escapar de su agresor. De repente, la presión sobre su garganta disminuyó y pudo ver cómo su oponente se doblaba sobre sí mismo, sin soltarle, y le acometían sucesivas arcadas mientras el pequeño cuarto continuaba temblando de forma creciente. Supo que no tendría otra oportunidad; ese alter ego suyo estaba sufriendo el mareo del tránsito dimensional que George ya había experimentado varias veces esa misma mañana. Con renovadas fuerzas y toda la violencia de la desesperación, George lanzó su rodilla contra el rostro del otro golpeándolo en plena nariz y, sin dejarle opción a recuperarse, lo sujetó del pelo y estampo su cabeza contra el borde del bidé. A continuación, lo empujó hacia el pasillo, donde cayó sin vida mientras George se desplomaba exhausto al pie del lavabo y cesaba el temblor de la estancia.

            Varios minutos más tarde se escuchaban dos gritos de pánico arrastrando un larguísimo «NO» en sendos lugares infinitamente alejados entre sí: el de una mujer que descubría el cadáver de su marido ante la puerta del cuarto de baño y el de un hombre esposado que era arrastrado fuera de su casa por dos robustos policías.

Elvis Christie

 

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5 respuestas a …Y Cía. Elvis Christie: Justicia paralela

  1. Espero y deseo que pases de nuevo por esta puerta de Galiana.

  2. Ha sido un placer y un honor participar en este blog a invitación de Galiana. Espero tener ocasión de repetir.

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