…Y Cía. Elvis Christie: Spike Heels

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SPIKE HEELS

                Spike comenzaba a despertar sintiendo un punzante dolor de cabeza atravesándole el cráneo en oleadas que seguían el ritmo acelerado de su corazón. Aunque había tenido incontables resacas, no recordaba ninguna peor que ésta. «¡Joder!» era la única palabra que acertaba a componer su embotado cerebro sin ser capaz de ubicarse en el tiempo o el espacio.

                Hizo un intento de abrir los ojos, pero no veía absolutamente nada ni en ellos percibía claridad o luminosidad alguna, cosa que casi agradecía en ese momento; la luz probablemente sólo habría intensificado el atroz y taladrante dolor, así que desistió. Su mente, que aún no encontraba la manera de acceder a los recuerdos, pugnaba instintivamente por desentenderse de la agonía y recoger información de los sentidos. Poco a poco, fue construyendo la escena que estos le transmitían: se encontraba tumbado, ligeramente incorporado; tenía los ojos vendados y las muñecas y los tobillos atados a algo -a una dura cama en la que parecía estaba acostado-, aunque podía disfrutar de cierta libertad de movimientos. Creía, además, estar desnudo, si bien no sentía frío alguno. En un supremo esfuerzo por recordar, vinieron a su memoria imágenes de una mujer muy bella de pelo castaño y cuerpo exuberante, un lugar bullicioso y bebidas. También recordaba interminables rayas de coca repartidas sobre una superficie espejada. «Espero no haber sido yo el paganini», se dijo sarcásticamente aun dentro de la angustia que comenzaba a atenazarlo.

                De repente, una música atronadora le hizo arrugar el rostro y apretar con fuerza los dientes, girando bruscamente la cabeza a un lado en un fútil intento de huir del estruendo. «Esa puta música heavy otra vez; ¡cómo la odio, coño!», pensó, y fue el detonante para recordar. Había estado de juerga en el Convers, como casi siempre, y no había podido resistirse a entrar a aquella extraordinaria hembra que lo miraba subrepticiamente desde la barra. Abandonó a sus amigotes y se acercó a ella invitándola a tomar algo. Recordaba que habían reído y hablado -aunque no tenía ni de idea sobre qué-, retirándose a un reservado con una botella; en algún momento de la noche había aparecido la coca sobre la mesa y algo más tarde habían montado juntos en un taxi. Hasta ahí alcanzaba a recordar.

                Mientras iba recuperando ese pasado reciente, sintió un ligero contacto en la parte posterior de la cabeza y notó cómo se desprendía la venda de sus ojos, que mantenía cerrados. Comenzó a abrirlos con aprensión, tan sólo una rendija por temor a una dolorosa explosión de luz, pero ésta no se produjo. La iluminación era violácea y muy tenue, por lo que pudo ver sin dificultad que, tal y como había presumido, se hallaba amarrado de manos y pies a una especie de camastro rígido y se encontraba completamente desnudo. Oyó unos pasos lentos y firmes, de inconfundible calzado femenino de tacón, y en su campo de visión apareció la cara de aquella mujer en primer plano («¿cómo se llamaba?») esgrimiendo una sonrisa seductora.

                —¿No te gusta Metallica, Spike? —le preguntó con voz ronroneante.

                —¿Qué es esto, tía? ¿De qué va? —interrogó él a su vez con un cierto timbre de desprecio y sintiendo un amargo escozor en la garganta al hablar.

                —Spikie, Spikie… —le recriminó en tono juguetón—. Esto va de lo que tú querías: sexo duro, me dijiste ¿No te acuerdas?

                No, mierda, no se acordaba, si bien no era ninguna novedad que sus noches terminasen con una desconocida en la cama (siempre eran desconocidas al final, o desde el día siguiente, al menos) o incluso en alguna orgía con sus compañeros de copas y varias mujeres. Tampoco era infrecuente el sexo duro, aunque solían ser ellas las que desempeñaban el rol pasivo y sumiso. De todas formas, si tenía que intercambiar los papeles en ese sentido no podía haber elegido mejor ejemplar para ello. La tía era un auténtico monumento.

                Ella se giró y se alejó varios pasos, lo que permitió a Spike contemplarla de cuerpo completo. Tan sólo llevaba puesto un conjunto de lencería negra, medias traslúcidas hasta el muslo sujetas con un liguero y zapatos de largo y finísimo tacón de aguja del mismo color. El cabello castaño ligeramente ondulado le caía suelto por la espalda. Todo su malestar desapareció de golpe y fue sustituido por una creciente excitación cuando ella se agachó mostrándole en todo su esplendor un magnífico y rotundo trasero, perfectamente articulado sobre unas largas y maravillosas piernas. Se había acercado a un mueble bajo donde había un equipo de música y había bajado el volumen de ésta a un nivel tolerable. Spike se relamía de placer anticipado y su excitación se evidenciaba en una incipiente erección.

                La vio girarse de nuevo hacia él y volver sobre sus pasos con aquella irresistible sonrisa en la boca. Se acercó a la cama donde él estaba y, subiéndose a ella, le colocó un pie sobre el pecho acercando su cara a la de él.

                —¿Qué te apetece, Spike? —le susurró insinuante.

                —Lo que tú quieras, golfa —contestó él con lascivia sintiendo cómo su erección se completaba.

                —Por supuesto. Es lo que tenía previsto hacer. Quiero que me mires; que me mires bien y hagas memoria ¿No te sueno de nada? ¿Tanto te ha machacado el cerebro la cantidad de mierda que te metes? Recuerda, Spike: hace menos de un año, en una nave industrial, tú y dos de tus colegas… ¿Ya? Te lo voy a poner más fácil: «Esta putita no sabe lo que es una buena polla» —remedó, impostando y agravando la voz—. ¿Ahora sí?

                Con un flash vinieron a la cabeza de Spike las imágenes de aquella noche de excesos. Iba a decir algo, pero una presión del tacón del zapato sobre su pecho lo dejó mudo. «No jodas», pensó, presintiendo en su fuero interno que aquella lejana noche no iba a quedar impune.

                —Adiós, pedazo de basura. Da recuerdos míos a tus compinches en el infierno. Allí te estarán esperando —le dijo con infinito odio en los ojos y un rictus de plena satisfacción mientras con sorprendente fuerza y todo su peso imprimió un empujón seco y terrible a su rodilla para hundir la aguja del zapato en el corazón de Spike.

«My lifestyle determines my deathstyle» —canturreaba, acompañando la berreante voz de James Hetfield que salía de los altavoces, al tiempo que extraía el tacón homicida y vengador del pecho de su reo, que comenzó a borbotar sangre.

Elvis Christie

Dedicado a mi apreciada amiga Frantic, que me ayudó a mejorar el relato y

alza su voz, afilada como la aguja de un tacón, contra los Spikes del mundo.

 

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