…Y Cía. Elvis Christie: La palanca de Hawking

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LA PALANCA DE HAWKING

            Con un prolongado guiño de su ojo izquierdo dirigido al sensor, Francis apagó por última vez la silla inteligente que le había legado su añorado amigo Stephen Hawking años atrás. Ya no la iba a necesitar y estaba listo para abandonarla. Sin embargo, pese a la preparación previa y su perfecto y absoluto dominio de los estados emocionales, no pudo evitar un ligero nerviosismo, no tanto debido a la duda como a la euforia por la trascendencia del momento. Respiró hondo y antes de «sumergirse» recitó mental y alfabéticamente, como un mantra, la lista de sus maestros predilectos: Arquímedes, Aristóteles, Beethoven, Buda, Copérnico, Dalai Lama, Descartes, Einstein, Fermi, Fibonacci, Galileo Galilei, Hawking, Jesucristo, Kant, Kepler, Lagrange, Laplace, Leonardo da Vinci, Mahoma, Mozart, Neumann, Newton, Nietzsche, Pitágoras, Platón, Schrödinger, Sócrates, Teresa de Jesús, Tesla, Tomás de Aquino, Turing.

            Precisamente del primero de dicha lista, Arquímedes, era la cita que había convertido en el eje de su trabajo: «dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». Francis había encontrado hacía tiempo ese punto en el interior de su mente, donde ya sospechaba que se hallaba, y ahora, apoyando todo su ser en él, inició la «inmersión». Dado su estado físico, no precisaba relajar músculo alguno; tan sólo vaciar su cerebro de pensamientos siguiendo un recorrido de números, música, figuras geométricas y colores en una concreta, única y armónica sucesión.

            Muy atrás quedaban los angustiosos primeros años de la parálisis degenerativa y su refugio en la lectura, al principio, y el profundo estudio, después. Filosofía, ciencias, religión. Devoró con fruición, con ansia, todas las disciplinas y sus autores hasta la extenuación desde que su prodigioso cerebro -el único órgano plenamente funcional de su maltrecho cuerpo- tuvo el atisbo de lo que más adelante sería su gran descubrimiento. Habría olvidado comer y beber si no hubiera recibido el alimento de forma mecánica, a través de un catéter. Sólo cesaba en el estudio para dormir escasas horas y mantener su preciada correspondencia con Stephen, el único vivo de sus «maestros» y quien, por desgracia, ya no estaba para compartir esta vivencia.

            El instante de la revelación fue glorioso, tan sólo empañado por la reciente pérdida de Stephen, cuyo cuerpo -aquejado de idéntica dolencia que el de Francis- había terminado por apagarse dejando en silencio una de las mentes más asombrosas que había conocido el ser humano. Había sido Stephen quien, antes de conocerse, le había mostrado el camino con sus publicaciones y quien, después, le había animado en los momentos de flaqueza a través de sus conversaciones electrónicas. En aquel momento de éxtasis revelador le habría gritado, de haber podido: «¡Hermano, todo es uno! Ciencia y religión, magia y ciencia, y está al alcance de nuestra voluntad».

            Francis continuó «sumergiéndose» hasta alcanzar mentalmente los elementos más básicos de la realidad. «Descendió» pasando del nivel molecular al del aparente caos subatómico y, fusionándose con él, su consciencia reveló las hebras primarias de la materia y tuvo al alcance de su voluntad el intrincado tejido de energías que conforman el cosmos. En ese preciso momento pasó a ser una sola cosa con el Universo en una cegadora explosión de luz sin dejar de ser consciente de su individualidad. Con esa consciencia propia, navegó entre los hilos de la nueva realidad carente de tiempo y espacio identificando sin dificultad, de manera instintiva, los correspondientes a su entorno físico y su voluntad enfocada «pulsó» y «movió» algunas de aquellas finísimas cuerdas como si afinase y tocase un arpa de dimensiones infinitas.

            Cuando supo que había concluido, su voluntad se replegó sobre su consciencia y ésta inició la «ascensión» a través de la secuencia de colores, música, figuras y números que lo anclaban a su realidad espacio-temporal, abriendo finalmente sus ojos materiales mientras de su mente se desvanecían los números Π (pi) y φ (phi). Tras un ligero titubeo, su cuerpo experimentó un pequeño espasmo y, no sin dificultad, Francis comenzó a mover el brazo derecho, luego el izquierdo, arqueando y flexionando los dedos de ambas manos, mientras seguía su movimiento con la cabeza. Poco a poco, incorporó su torso hacia delante, levantando las piernas y, con un suave impulso de sus brazos sobre la silla, su cuerpo se alzó de ésta sosteniéndose en pie. Que no constituyera una sorpresa no restó alegría a tan exultante momento. Francis levantó la cabeza hacia ese techo que tantas veces había contemplado postrado y gritó con toda la fuerza de unos pulmones y una garganta que no mostraban deterioro ni rastro alguno de su pasada atrofia. Fue un grito salvaje y liberador, al que siguió una risa descontrolada y, finalmente, lágrimas silenciosas que dejaron agotado ese nuevo cuerpo en sus primeros minutos.

            Con un inmenso esfuerzo, Francis resistió la tentación de seguir experimentando sensaciones que durante mucho tiempo consideró perdidas para siempre y se concentró en la todavía ingente tarea que tenía por delante. Había descubierto el proceso para interactuar con la materia a voluntad y encontrado el punto de apoyo exacto desde el que iniciar dicho proceso. Pero, por poderosa que ahora fuera, la palanca mental de su consciencia era insuficiente para mover y cambiar el mundo; a lo sumo alcanzaba para modular su contexto inmediato y próximo. Necesitaba descubrir otras consciencias sensibles como la suya -lo que le hacía volver a lamentar la pérdida de Stephen- y aunar otras voluntades dispuestas a llevar a cabo esa misión.

Elvis Christie

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3 respuestas a …Y Cía. Elvis Christie: La palanca de Hawking

  1. El relato de hoy es el fruto, una especie de esbozo o tráiler, de una idea que es parte de un proyecto más ambicioso, aunque no sé si alguna vez dispondré del tiempo y el empuje necesario para desarrollarlo.

  2. Fantástico relato de volver a la dura realidad.

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