…Y Cía. Elvis Christie: Avatares

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           AVATARES

             «Creo que la camisa blanca me queda mejor con esta chaqueta», estaba pensando Roger delante del espejo mientras se preparaba para la cita de esa tarde con Caty69. Por fin se iban a conocer, después de decenas de conversaciones y encuentros virtuales a través de la página web http://www.corazonesdestrozados.com en la que Roger interactuaba como GranGatsby.

            Después de que María lo dejase y de no encontrar hueco ni aliciente entre las vidas acomodadas y burguesas de sus amigos de siempre, Roger había terminado curioseando en páginas de contactos para quitarse a aquélla de la cabeza. Descartó desencantado las páginas de encuentros casuales enfocados únicamente al sexo donde -estaba seguro de ello- no encontraría nada comparable a María y decidió probar en «corazonesdestrozados». No esperaba gran cosa, pero al menos contaba con poder desahogarse y tener la ocasión de hablar de su ruptura con alguien que estuviese atravesando una situación similar. Después de varios acercamientos a distintas usuarias y a punto de abandonar conoció a Caty69 e instantánea e instintivamente supo que era un alma gemela, por más que odiase esa cursi expresión. Caty entendía perfectamente la dualidad de amor y odio que Roger aún sentía por María, aunque por prudencia y discreción nunca le dijo su nombre, refiriéndose a ella como «la Bruja». Al mismo tiempo, Roger comprendía el resentimiento de Caty hacía su ex, al que llamaban «el Troll».

            Habían sido muchas noches charlando hasta altas horas de la madrugada, cuando los ojos ya medio cerrados resbalaban por la pantalla del ordenador sin distinguir las palabras. Hablaron de sus respectivos errores y de sus sueños; de sus preferencias y de sus fantasmas. Y encajaban todos ellos como las piezas de un rompecabezas nuevo. No obstante, decidieron no acuciarse con prisas ni ponerse rostro e identidad con el fin de ser más libres a la hora de sincerarse el uno con el otro. Y funcionó. Habían desnudado sus corazones como nunca antes con nadie más y era el momento de volver a vestirlos, de darse nombres y caras reales.

            El encuentro estaba concertado a las ocho de la tarde en una cafetería céntrica, a la que cada uno de ellos acudiría con su libro favorito en la mano, los cuales habían comentado en varias ocasiones. Roger llevaría, por supuesto, «El Gran Gatsby» de Scott Fiztgerald y Caty -que tenía varios predilectos entre los que a menudo no sabía decidirse- había optado por «Cumbres Borrascosas» de Emily Brontë.

            Una vez Roger se dio un aprobado ante el espejo, tomó el ejemplar de «El Gran Gatsby», consultó su reloj (las ocho menos cinco minutos, comprobó pensando que llegaría un poco tarde) y se encaminó hacia el lugar de la cita, que quedaba a escasos minutos de su apartamento. A las ocho y dos minutos exactamente doblaba la esquina que daba acceso a la cafetería y segundos después asomaba la cabeza por la puerta. No había tenido tiempo de recorrer la sala con la mirada cuando, en una suerte un flash cegador que le aceleró el pulso y le hizo flaquear las piernas, divisó a María en la barra. Estaba preciosa -como siempre- y cruzaba unas palabras con el camarero. El temblor de piernas dio paso a una momentánea parálisis de la que salió, con la mente en blanco, echándose rápidamente hacia atrás y cerrando la puerta del bar antes de que María girase la cabeza y lo viese. De repente, con la respiración entrecortada, fue consciente de lo que aún significaba para él y de que no sería capaz de saludarla normalmente y mucho menos confesarle que tenía una cita con otra. Caty -reconoció para sí mismo- había sido una gasa y un bálsamo sobre su dolor, pero la sola imagen del perfil de María había dejado de nuevo la herida al descubierto de la manera más inmisericorde. Impotente para dirigirse a María o para buscar a Caty, acobardado ante dos mujeres e indeciso sobre sí mismo, dio media vuelta y se alejó camino de su casa.

            María había pedido un vodka muy frío en vaso pequeño helado. Mientras el camarero se lo servía giró la cabeza hacia la puerta y vio cómo ésta se cerraba. Por algún motivo -quizá porque sabía que se había trasladado a vivir cerca de allí- se acordó en ese momento de Roger. «Maldito idiota», pensó. Lo había amado con locura y -lo que aún la martirizaba de vez en cuando- creía que seguía amándolo. Pero la frialdad de aquél, su incapacidad para abrirse, había dado al traste con todo. La naturaleza temperamental y apasionada de María le hacía necesitar a alguien cálido y abierto. «Alguien transparente y cercano como Gatsby», se dijo mirando de reojo el ejemplar de «Cumbres borrascosas» que descansaba bajo su mano izquierda mientras con la derecha levantaba el vaso de vodka dispuesta a brindar con nadie y a engullirlo de un solo trago.

 

Elvis Christie

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4 respuestas a …Y Cía. Elvis Christie: Avatares

  1. Frantic dijo:

    Ja ja ja. Me estaba imaginando el final casi desde la mitad del relato. Muy bueno, por cierto.

  2. Nunca sabemos realmente dónde está el verdadero amor…
    Eso creemos.

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