…Y Cía. Elvis Christie: El comité

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EL COMITÉ

            —Perdón por llegar tarde —se disculpó Adrián Valverde al entrar, desabrochándose la chaqueta de su elegante y carísimo traje mientras se sentaba a la mesa y dejaba a un lado el maletín de cuero negro—. Me ha pillado un atasco en el puente.

            —Bien, ya estamos todos —dijo con gesto adusto el hombre sentado a la cabecera de la mesa dirigiéndose a los demás—. Si no os importa, vamos a ir al grano. Ese niñato representante del Sr. Kitsune llegará dentro de poco y no le gusta esperar—señaló dando unos golpecitos a su Rolex y lanzando una mirada de soslayo a Adrián, que se encogió de hombros—. Ramiro, ¿puedes darnos los detalles?

            —Desde luego —contestó el interpelado mientras ordenaba los papeles que tenía ante sí y carraspeaba antes de continuar—. He puesto a vuestra disposición mi refugio para concluir el encargo del Sr. Kitsune. Como sabéis, su apoderado me confió crear un grupo multidisciplinar de entre mis contactos para realizar un estudio que le permita manejar con seguridad sus intereses en un país que, como el nuestro, en la práctica es completamente anárquico para perseguir la delincuencia y la corrupción. Ya le he remitido el primer borrador que cada uno de vosotros realizó en sus respectivas especialidades, de manera que cuenta con una idea bastante precisa acerca de la estructura y mecanismos de la organización que necesita para, digamos, no tener problemas con las autoridades. El volumen y variedad de sus activos le obliga a adoptar medidas más que cuestionables en muchos casos —explicó quien se tenía por un facilitador, el que antaño fuera alto cargo en varios ministerios y hoy gestionaba las influencias y favores adeudados de aquella época.

            —Por favor, Ramiro —lo interrumpió Wenceslao Cruz—, ¿podríamos pasar a algo que no sepamos? —El viejo magistrado cada vez soportaba menos la petulancia de aquél, que no perdía ocasión para alardear, aunque todos sabían que era Antonio van der Kroon, quien presidía la mesa, el que llevaba la voz cantante gracias a sus conocimientos e infiltración en el sector financiero tanto nacional como internacional.

            —Te recuerdo, amigo Wen —se defendió Ramiro Espejo—, que de no ser por mí no os habríais embolsado esa indecente cantidad de dinero que ahora engorda vuestras cuentas en Panamá ni llegaréis a recibir todo lo que aún falta; y esto último pasa por que tengáis claro para qué estamos aquí y quién os ha elegido. El borrador está muy bien, pero el Sr. Kitsune ha solicitado esta reunión para aclarar ciertos aspectos del mismo que aún no tiene claros y dejar definitivamente establecida y sellada una más que bien pagada colaboración en el futuro. Además —añadió mirando directamente a Antonio, el financiero—, ese niñato -como tú lo llamas- es su protegido y quien dará el visto bueno a los que de nosotros participarán en esos futuros proyectos ¿Queda claro?

            —Esta bien —medió el abogado Adrián Valverde, acostumbrado a nadar siempre entre varias aguas—, seamos profesionales. Asumimos el riesgo de reunirnos hoy aquí porque la llegada del conglomerado empresarial del Sr. Kitsune supone un considerable factor de desestabilización en el tráfico económico sumergido del país. Si no somos nosotros, serán otros quienes obtengan los beneficios de encauzar esta nueva situación, así que dejemos de lado los protagonismos y centrémonos en lo importante. Hemos puesto en las manos de ese magnate una auténtica guía de la criminalidad y ahora toca asegurarnos de que recibamos el correspondiente porcentaje de los frutos que producirá.

            —Gracias, Adrián, por tu acertada síntesis —convino Ramiro, el facilitador—. No perdamos más tiempo, pues. ¿Tenéis cada uno vuestras propuestas del papel que desempeñaremos en la Kitsune Inc. Limited? De acuerdo, entonces —concluyó ante la confirmación tácita de los demás—. Comencemos por la parte judicial. Cuando quieras, Wen.

            Mientras el magistrado exponía a sus compañeros los puntos de su propuesta, a quinientos metros de allí se detenía un Toyota Land Cruiser de color gris metalizado en lo alto de una colina baja desde la que se divisaba el caserón donde tenía lugar la reunión. De su interior descendió un joven de rasgos occidentales  tras dirigir unas palabras en japonés al conductor. Alzó unos prismáticos y contempló la casa durante unos segundos, confirmando que los cuatro asistentes continuaban en ella; afuera estaban los vehículos en los que habían llegado cada uno de ellos. Durante un instante le pasaron por la cabeza imágenes de su niñez y juventud en Japón bajo la tutela de «Tío Takeshi», como lo llamaba en privado. El respetable y temido Sr. Kitsune que lo acogió cuando quedó huérfano a los tres años en pago de la deuda de honor que había contraído con su padre. Debió ser un gran hombre, su padre. No lo recordaba, pero Tío Takeshi se había encargado de que tampoco lo olvidase contándole mil anécdotas de ellos dos.

            El joven al que alguno de los reunidos consideraba un niñato apartó de su mente los recuerdos y se concentró en el presente. Después de que aquéllos hubieran llevado a cabo el encargo realizado y se hubieran dispuesto las cantidades pactadas en sus cuentas numeradas y secretas, por fin había conseguido reunirlos en un lugar apartado y discreto. Ideal para sus propósitos. Allí estaban los cuatro hombres que habían truncado su infancia: el juez que condenó a sus padres a sabiendas de su inocencia, hoy en la cúspide del sistema judicial; el agente financiero que manipuló sus documentos y desfalcó toda su fortuna, repartiéndosela con sus socios; el abogado inmoral que podía haberlos exculpado y se cruzó de brazos; y el entonces comisario de policía corrupto que dirigió aquella falsa investigación y propició su asesinato en prisión. Ellos cuatro conocían como nadie la manera de operar clandestina, criminal e impunemente, de estar por encima de la Ley en su país, y se lo habían servido en bandeja con su «borrador».

            Sin siquiera titubear, el joven echó mano al interior de su chaqueta y extrajo un teléfono móvil. Lanzó una determinada aplicación y tecleó en ella un sencillo código numérico. Lo primero que produjo ese simple gesto fue una serie encadenada de instrucciones informáticas que cancelaron varias cuentas bancarias cifradas en Panamá y transfirieron todos sus fondos a otras cuentas, éstas en alguna isla del Pacífico, sin dejar un solo rastro de todo ello. Una vez completado y confirmado este proceso, lo segundo que aconteció fue una impresionante explosión en una casa de campo que acabó de manera instantánea con la vida de sus cuatro ocupantes.

            El joven montó de nuevo en el Toyota, dio una breve orden al conductor y, con el mismo teléfono que había consumado su venganza, envió un escueto mensaje en caracteres orientales: «Negociaciones concluidas. Desaconsejado establecerse aquí. Vuelvo a casa, Tío».

Elvis Christie

 

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5 respuestas a …Y Cía. Elvis Christie: El comité

  1. Consideradlo un ejercicio de diálogo coral donde la trama está supeditada a la técnica. Lo de las frases largas… es un pecado que me acompaña por deformación profesional. El maldito lenguaje y estilo jurídico.

  2. Me encantan tus relatos. Ya le he dado la enhorabuena a Galiana por tu “fichaje”

  3. ¿Es ficción o es real?
    Cada cual que piense lo que quiera, de momento pensemos que es ficción
    ¿O no?

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