…Y Cía. Elvis Christie: Dulces sueños

Avatar Elvis2

         No sé si Galiana se ha vuelto loca, con toda probabilidad sí. Aquí me ha dejado, al frente del blog durante toda la semana, a mí que tan solo soy abogado de profesión, escritor por afición y editor del Relatos mezclados, no agitados

 Vamos con el relato de hoy

 

 DULCES SUEÑOS

 —Cariño, pareces soñoliento. Se te cierran los ojos —le dijo Marian con un ronroneo recostada sobre él.

Era cierto. Enrique notaba cómo se iba internando poco a poco en las brumas de la inconsciencia. Se resistía, como siempre, pero al final sucumbiría porque lo que le sucedía en realidad es que estaba despertando. En ese instante fronterizo entre el sueño y la vigilia, en el que ambos mundos se superponen y confunden, Enrique lamentó no poder disfrutar un rato más de las placenteras vivencias con las que soñaba a diario. Finalmente, la imagen de Marian tumbada desnuda sobre él se desvaneció y despertó a la cruda y odiada realidad. «¡Mierda, en lo mejor! No falla».

Ya no recordaba cuándo habían comenzado aquellos maravillosos sueños que contrastaban con su gris y vulgar vida cotidiana. En ellos siempre estaba Marian, diferente y perfecta cada vez. No sabía por qué siempre soñaba con esa vida idílica, pero no le importaba lo más mínimo. Comparada con su anodina realidad podría decirse que era lo mejor de su existencia, así que no había dicho nada de ello a nadie -tampoco es que hubiera muchas personas con las que compartirlo, la verdad- y tan sólo procuraba dormir a la primera ocasión que se le presentaba. Cuando no dormía, su mente aprovechaba cualquier momento para recrearse rememorando fragmentos de esa vida onírica: la villa aislada al borde del mar, el clima primaveral, el yate… Y, desde luego, Marian: Marian hablando, Marian nadando, Marian haciéndole el amor.

Se encontraba en su piso impersonal y casi desamueblado, sentado en un sillón frente al televisor sin prestar atención a lo que éste emitía. Había estado intentando conciliar el sueño, dando cabezadas ligeras, pero aquél no terminaba de acudir. Cada vez le costaba más dormirse y no siempre le funcionaba el truco de concentrarse en la cara de Marian. Aún así, no le suponía ningún esfuerzo abstraerse de su aburrida vida y, de hecho, cuando volvía sobre sus ensoñaciones todo lo demás se desdibujaba; su vida se difuminaba y hasta casi llegaba a olvidarla. Pero ahí estaba, sin embargo: un constante e interminable ir y venir, en una ciudad descolorida, de un trabajo insulso y monótono a una casa fría y vacía.

De repente su atención se vio atrapada por el spot televisivo. Anunciaban los servicios de una clínica especializada en trastornos del sueño. No era exactamente lo que necesitaba -más bien se trataba de lo contrario-, pero estaba decidido a intentar cualquier cosa. Quería dormir y no despertar o, al menos, acabar con las cada vez mayores dificultades que encontraba para sumirse en el sueño. A pesar de ello, su cerebro no estaba tan abotargado como para considerar seriamente la posibilidad de dormir y no despertar más («ojalá pudiera ser» había pensado muchas veces), pero sí podía -y por supuesto que quería- dormir lo máximo posible, cosa que se le resistía últimamente.

No se lo pensó dos veces y antes de darse cuenta se hallaba ya en la clínica, sobre una camilla, conectado a un sinfín de electrodos y escuchando la hipnótica voz del terapeuta. Le habían hecho ingerir un arco iris de píldoras y asegurado que, una vez debidamente diagnosticado y tratado, sus problemas para dormirse profundamente desaparecerían. Con los ojos cerrados se fue dejando llevar por aquella voz grave y sugerente y su consciencia se abandonó a la negrura.

—ooo000ooo—

       El doctor se abotonó la bata blanca y salió de la habitación donde reposaba Enrique. La mujer esperaba fuera y se notaba a distancia su abatimiento y nerviosismo:

—¿Es usted Marian, la esposa de Enrique?

—Sí, soy yo ¿Cómo se encuentra, doctor? ¿Qué le pasa?

—Bueno, sólo puedo decirle que su esposo ha desarrollado un tumor que le oprime la parte trasera del cerebro, al nivel de la corteza, provocándole un estado similar a un coma. Aparte del cerebro, no hay otros órganos vitales interesados aunque, con todo, desconocemos por el momento qué otras áreas del mismo pudiera tener afectadas y si percibe algún estímulo exterior. Debemos realizar varias pruebas todavía, pero se encuentra en las mejores manos. Por si le sirve de consuelo —continuó el médico, tomándola de los hombros en un gesto paternal—, la región cerebral implicada y los movimientos oculares indican que su esposo, Enrique, está soñando. Y, la verdad —concluyó mirándola a los ojos—, con una vida privilegiada como la de ustedes, no me cabe duda de que deben ser sueños maravillosos.

Elvis Christie

Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", Literatura, Narrativa, Relatos y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a …Y Cía. Elvis Christie: Dulces sueños

  1. nines dijo:

    genial Isi…

  2. Galiana, no se ha vuelto loca, ni mucho menos. Los sueños son imprescindibles para seguir viviendo. Gracias por este relato lleno de sensibilidad. Seguí iremos disfrutando esta semana, seguro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s