…Y Cía. María del Carmen Navas Hervás: La cruz del tiempo II

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LA CRUZ DEL TIEMPO

CAPÍTULO XVIII (CONTINUACIÓN)

— ¡No me ha embrujado! ¡Es inocente! ¿Acaso sois tan corto de entendederas?

Lo arrastraron entre los tres hasta los calabozos, mientras seguía dando voces y patadas a los monjes. Fijó la vista en fray Tomás y éste esquivó la mirada, no entendía bien, si por vergüenza o por otros motivos más profundos. Lo cierto es que el odio que Álvaro transpiraba por cada poro de su cuerpo, no pasó desapercibido ni a los ojos del Prior ni a los del otro monje.

Bajaron por unas escaleras de caracol y le encerraron en una de las húmedas mazmorras. Fray Tomás cerró la puerta.

—No sé con qué ventura se va a poder arreglar esto, Álvaro. Esta vez habéis rebasado todos los límites —le dijo a través de los barrotes — ¿Por qué seguisteis con ello a pesar de mis consejos? Sabíais que eso podía suceder.

—Todavía me podéis ayudar —dijo desesperado —Tenéis que conseguir sacarla de aquí. Yo soportaré lo que sea, estoy dispuesto a todo, pero no dejéis que… ¡Oh, Dios! —se puso a suplicar como no lo había hecho antes en su vida — ¡Pardiez!, si me auxiliáis, os prometo que haré lo que sea, nunca os he pedido nada y ahora necesito que seáis mi amigo.

— ¡Estáis loco! Aunque en verdad quisiera no podría —le interrumpió negando con la cabeza y sin mirarle a los ojos — ¿Acaso no os dais cuenta de lo que habéis hecho? Deberías entender un poco al Prior, a ciencia cierta lo hace por vuestro bien. Se sentía orgulloso de vos y es muy posible que ahora, que con tamaño esfuerzo ha obtenido lo que siempre había deseado, tenga que renunciar a ello por vuestra locura. Debo marcharme en esta hora y solo le pido a Dios que recapacitéis y desechéis esa actitud.

— ¿Cómo podéis hablarme desta manera? Precisamente vos. ¡Sois más traidor que Judas!

Nada más decirlo se arrepintió, porque fray Tomás no era responsable de la maldad del Prior. Estaba en un callejón sin salida y se sintió derrotado. Estaba perdiendo el control y no iba a poder hacer nada para salvar a Raquel de la sinrazón que se había apoderado de todos. No podría ponerla a salvo de la locura del Prior, que se tomaba su trabajo como si la vida le fuera en ello.

Se dio la vuelta y se sentó en el camastro que había en la celda. Nunca había entrado en las mazmorras, lo tenía prohibido y jamás se había atrevido a romper esa prohibición. Alguna vez había escuchado los gritos que salían de sus profundidades; no los cuestionó nunca porque pensaba que el inquisidor hacía su trabajo y que no era nadie para inmiscuirse en sus asuntos. Ocultó la cara entre las manos y se puso a llorar. Era fuerte, muchas veces le habían impuesto castigos físicos por llorar como ahora, sin embargo, eso no impedía que las lágrimas cayeran celosas por sus mejillas y mojaran su ropa. No podía evitarlas. Con los ojos cerrados vislumbraba en la memoria el rostro de Raquel, ese rostro de ángel que le había nublado los sentidos. Recordaba el día que la conoció, hacía ya casi un año, una mañana de mercado. Él acudió ese martes casi por casualidad, pues hacía ya mucho tiempo que no se encargaba de comprar las viandas para el convento. Estaba tras un tenderete en el que vendía objetos de plata. Su padre era orfebre y a pesar de que tenía una tienda en los barrios judíos, los martes acudía al mercado, porque era donde más se vendía su mercancía. Ese día se llevó a Raquel con él, y cuando Álvaro llegó a su lado y la miró, se sonrojó y, con gran esfuerzo, le habló. Era muy menuda y parecía muy delicada. Tenía el pelo negro cual si fuera azabache y los ojos verdes, como las esmeraldas. Nunca había visto una muchacha tan hermosa. Su cuerpo era escultural, y tenía la piel muy pálida, parecida a la porcelana, a punto de romperse con el más mínimo roce. Ese día volvía a su memoria una y otra vez. Quería guardar el tesoro de los recuerdos en su cabeza, donde nadie, ni siquiera el odiado Prior, pudiera acceder a ellos.

De pronto, se oyó la puerta que daba acceso a las mazmorras.

Se secó las lágrimas, no quería que nadie le viera en ese estado. Permaneció quieto y esperó.

Todo su mundo se vino abajo, por el pasillo pudo ver aparecer a dos monjes que empujaban sin piedad a una mujer. No le hizo falta verle la cara para saber que era ella. Se aferró a los barrotes, con los nudillos blancos de tanta presión como estaba haciendo. La vio venir caminando junto a sus carceleros. Venía con la cabeza inclinada y con paso indeciso. Los monjes la llevaban casi en volandas, ya que no era capaz de andar. Cuando llegaron a la altura de la celda en la que estaba encerrado Álvaro, presintiendo que allí había alguien observándola, levantó la vista y clavó los ojos en él.

—Os quiero —dijo con un hilo de voz.

— ¡Soltadla, no ha hecho nada!

 Empezó a zarandear los barrotes y a gritar que la dejaran en paz. Los carceleros parecían sordos, porque continuaron adelante sin hacerle caso.

Le miró, y con esa mirada, entendió todo lo que le estaba pidiendo: que siguiera su camino, que la dejara marchar y continuara su vida sin su amor, que no se dejara llevar por la barbarie y siguiera viviendo en el convento con esos frailes que eran su familia. Álvaro no se sentía capaz de hacerlo, tenía que ayudarla y no tenía ni idea de cómo lo iba a hacer. A su cabeza acudieron, en tropel, un montón de pensamientos inconexos, de miedos no solo racionales sino también irracionales. Su mente se había convertido en un carrusel que giraba sin parar y se vio metido dentro de un túnel estrecho y sin salida. A cada pensamiento positivo que intentaba insuflar en su alma agobiada, llegaban cientos o quizá miles de ideas negativas, de reflexiones obscuras como la noche. De pronto, solo quedó una y se agarró a la misma como si de un clavo ardiendo se tratara.

— ¡No os dejaré sola! Prometo que estaré a vuestro lado.

Pero ya había desaparecido tras la gruesa puerta de madera.

María del Carmen Navas Hervás

Con este capítulo de mi novela me despido.

Ha sido un placer estar con vosotros esta semana, y espero volver pronto por aquí con nuevos relatos.

 

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2 respuestas a …Y Cía. María del Carmen Navas Hervás: La cruz del tiempo II

  1. Carmen Navas dijo:

    Lo dicho, me ha encantado estar esta semana disfrutando de vuestra compañía. Espero que hayáis disfrutado con mis relatos y con este trocito de mi novela “La cruz del tiempo”. Muchas gracias a Galiana, que es una amiga y una escritora como la copa de un pino. El año que viene, si Dios quiere, volveré a estar aquí para ofreceros un poquito más de mí. Un beso muy grande de una aprendiz de escritora.

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