…Y Cía. María del Carmen Navas Hervás: La cruz del tiempo

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Hoy os dejo un capítulo de mi novela

 

 

la cruz del tiempo

 

LA CRUZ DEL TIEMPO

CAPÍTULO XVIII

 

Cuando llegó al convento, después de pasar unas horas con su amada, uno de los hermanos le comunicó que el Prior le esperaba en su despacho. Se dio cuenta de que algo estaba ocurriendo, era como si tuviera un sexto sentido que le estuviera anunciando que las cosas no iban bien. Llamó a la puerta, pero no se le dio permiso para entrar, sino que fray Tomás asomó la cabeza y le pidió que esperara.

Se sentó en un banco del pasillo, esperando que fray Ascacio acabara de despachar con fray Tomás. Tenía ganas de saber por qué se le había convocado, era muy extraño porque desde que se había convertido en ayudante del Prior, nunca había tenido que esperar para entrar al despacho del Superior y ahora estaba ahí sentado e intranquilo y, a la vez, con miedo. Pensaba que quizá fuera algo relacionado con Raquel. Si lo había descubierto las cosas se iban a poner muy feas, aunque, pasara lo que pasase, no estaba dispuesto a renunciar a ella.

La puerta se abrió y fray Tomás salió, casi descompuesto, de la sala.

—Entrad ya presto.

Se levantó, y con paso decidido accedió al despacho. Cuando miró al Prior se le fue toda la valentía, de la que había intentado hacer gala.

— ¡Sentaos!

Fue una orden seca, autoritaria y sorprendente, porque fray Ascacio, hacía mucho tiempo que no le hablaba en ese tono.

— ¿Qué he de hacer con vos, Álvaro?

—No sé a qué se refiere, vuesa merced —tartamudeó el muchacho. No entendía cómo es que le ponía tan nervioso estar ante su superior, ya que pensaba que hacía tiempo que lo tenía superado; estaba claro que se equivocaba.

—No me toméis por un mentecato —sus ojos le taladraron e hicieron que bajara la mirada en señal de sumisión —me alegré mucho cuando me comunicasteis la decisión de profesar. Decidí que ibais a ser un digno sucesor mío y compruebo, en esta hora, que lo dejáis todo por una mujer, que ni siquiera es cristiana, que solo es una mísera judía.

Aquello le hizo encender de cólera. Se levantó como si le hubieran pinchado y miró con un odio contenido al Prior.

— ¡Os he dicho que os sentéis! ¡Cómo osáis desobedecer!

Se dejó caer de golpe en la silla. Sentía como si fray Ascacio fuera a coger la vara, que tenía guardada en el armario, y empezar a golpearle, como tantas otras veces había hecho. Recordaba aquella vez, en la que le castigaron por coger un mendrugo de pan de la cocina. Tenía hambre, ya que no había probado bocado en todo el día. Había llegado tarde a los rezos de vísperas y el Prior le había impuesto un día de ayuno. Siempre había sido muy rebelde, así que cuando se fueron a dormir todos los hermanos, acudió a la cocina a escondidas y cogió un trozo de pan duro. Fray Ascacio, que intuía lo que su acogido iba a hacer, entró en la cocina y le sorprendió, llevándosele casi a rastras por los pasillos y propinándole veinte latigazos con la vara. No le importaba que lo volviera a hacer, una y mil veces, con tal de que dejaran en paz a Raquel y a su familia. No obstante, en el fondo de su corazón, sabía que eso no iba a ocurrir, que el Prior había sido nombrado inquisidor e iba a cumplir con su trabajo.

— ¿En qué estabais pensando? —Le recriminó el monje — ¡Acaso no os dais cuenta de lo que habéis hecho! Os he dado cobijo, os salvé la vida, casi os nombro mi sucesor y vos me habéis traicionado de una manera mezquina.

No podía abrir la boca, no podía explicarle lo que sentía por Raquel, ¡cómo lo iba a entender, si era un hombre sin corazón!

— ¿No vais a decir nada en esta hora? ¿No os vais a disculpar? —Fray Ascacio estaba seguro de que Álvaro iba a hacerlo, sin embargo, esto no entraba en los planes del muchacho.

— ¿Disculparme? ¿Por qué? Yo la quiero, y Nuestro Señor Jesucristo dijo…

—No os atreváis, con tamaña ligereza, a meter a nuestro Señor en esto: es blasfemia. ¡No me habéis dejado otro camino! —Estaba fuera de sí y, con una ira que le brotaba a raudales, hizo sonar la campanilla — ¡Fray Tomás!

—Sí —dijo el monje, que esperaba al lado de la puerta, entrando con presteza en la estancia.

—Lleváoslo a los calabozos, quiero que presencie el interrogatorio de esa mujer.

Lo comprendió todo, y como un resorte se abalanzó sobre fray Ascacio.

— ¿Qué habéis hecho? Es inocente, y no ha cometido ninguna maldad. Si la tocan juro por la cruz de nuestro Supremo Hacedor que le mataré. ¡Déjenla en paz!, no ha hecho nada, y si osa tocarla… —no pudo seguir hablando porque, de repente, sintió perder el control y empezó a apretar las manos sobre el cuello del Prior. Ya no era el chico débil y asustadizo que entró en el despacho, sino que se convirtió en un hombre y siguió apretando el cuello del monje. Solo pensaba en intentar salvar a la que se había convertido en la única razón de su existencia. Fray Ascacio se estaba poniendo rojo por la falta de aire, y logró articular, con un gran esfuerzo dos palabras:

— ¡Soltadme, infame!

Fray Tomás intentó sujetarle, y no lo hubiera conseguido si no hubieran entrado otros dos monjes más, alertados por las voces. Entre los tres consiguieron separarle del Prior, que se masajeaba la garganta, al sentirse libre de la presión que había ejercido Álvaro.

— ¡Esto lo habéis de lamentar! ¡Os juro por lo más sagrado que lo vais a lamentar! —Le amenazó tosiendo por la falta de aire —Habéis jurado por Dios en vano, habéis osado agredirme y lo que es más grave habéis sido embrujado por una judía. Esto no va a quedar así. ¡Lleváoslo!

María del Carmen Navas Hervás

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