…Y Cía. María del Carmen Navas Hervás: El despertar

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EL DESPERTAR

 

Cuando María entró en su casa no tenía muy claro cómo le iba a comunicar a su marido la decisión tomada. Sería algo muy duro y estaba segura de que las palabras que se iban a quedar atrapadas en la garganta.

Tenía una vida casi perfecta. Llevaba ya casi veinte años con Aarón y parecían completamente felices. Tenían una hija, Alexis y, después de quince años, estaba a punto de nacer su segundo retoño.

Al abrir la puerta vio que Aarón estaba Juno a la mesa con una botella de champán y dos copias. Soltó su maletín, de mala manera en el suelo y fue hacia la nevera.

─Ven, tengo que decirte algo ─dijo el hombre con una sonrisa de oreja a oreja y moviendo con ilusión las botellas.

─Yo también tengo que hablar contigo.

La severidad en su rostro hizo que su marido soltara el cava en la mesa.

─ ¿Ocurre algo? ¿Te encuentras bien? ─se acercó para tocarle la tripa. Tenía muchas ganas de que naciera el niño y, al mismo tiempo, tenía miedo de que algo fuera mal. Ya había tenido otros tres abortos antes y este embarazo estaba ya muy avanzado.

─Será mejor que no me toques. Ya es bastante difícil lo que te tengo que decir.

─Me estás asustando.

─Te voy a dejar.

El silencio hizo acto de presencia y se instaló entre ellos como una losa. Ni siquiera Curro, el canario que estaba cantando a todas horas, se atrevió a romperlo. Se miraban uno al otro, como si no tuvieran más que decir, como si las palabras hubieran sido ahogadas en un pozo negro. María tomó su maletín y entró en el dormitorio dejando a Aarón con la mirada extraviada. A los diez minutos salió con una maleta no muy pesada y con el bolso colgado del hombro.

─Te avisaré cuando nazca el niño, por si quieres estar presente.

No era capaz de reaccionar.

─ ¿No vas a decir nada?

Parecía que había entrado en trance. María se asustó. No esperaba esta forma de actuar, pensaba que iba a haber gritos, lágrimas, sin embargo, lo que no esperaba era esta indiferencia, este sopor etéreo en el que había quedado sumergido su marido.

─No lo entiendo ─rompió el silencio justo cuando ella ya agarraba el pomo de la puerta para salir.

─Pues es muy fácil, me he enamorado de otro y ya no hay vuelta atrás. He sido feliz contigo, muy feliz, aunque todo acaba y lo nuestro se marchó hace tiempo.

No lo había visto venir, seguía enamorado como el primer día de ella. Se echó a reír ante su propia ingenuidad.

─ ¿Acaso crees que soy tonto? ¿Piensas que no me he dado cuenta de todo?

─Entonces no veo a qué viene esta reacción tuya. Deberías aceptarlo y punto.

─Nunca pensé que pudieras hacerlo.

Aarón comenzó a descorchar la botella ante el asombro de ella. No le dio tiempo de sujetar el corcho. El líquido estaba muy agitado, como sus pensamientos e hizo que toda su fuerza empujara el tapón, que salió disparado hacia el techo. Fue como una bala perdida. Después de dar al lado de la lámpara y rebotar, le dio a María en la cabeza. Del impacto o más bien del susto, echo la cabeza hacia atrás y se dio con el pico de la estantería de los libros antiguos. Cayó fulminada, deslizándose como una hoja de papel.

Llamó al ciento doce asustado, pensaba que estaba muerta. Fue trasladada en una U.V.I. móvil al hospital, acompañada en todo momento de su marido, que parecía estar en trance. Al estar ya en la semana treinta ocho de su embarazo, los médicos tomaron la determinación de practicar una cesárea, antes de comenzar a hacer pruebas.

Fueron momentos muy duros para toda la familia: María en coma, sin saber muy bien qué daños le había causado el golpe recibido en la cabeza. Aarón con preocupación porque era el causante de la tragedia y además por el abandono, que se produciría en cuanto despertase de su letargo. Alexis asustada, como no lo había estado nunca antes en su vida. Un recién nacido, sin nombre aún, que no dejaba de llorar. Y un amigo de la infancia que no encajaba en la ecuación.

Los médicos eran cautos y no querían dar falsas esperanzas. Pasaron tres meses angustiosos, en los que Aarón no abandonó el hospital. Se sentía traicionado y, a la vez, culpable.

Un día, sin motivo aparente, María abrió los ojos, y le miró a la cara. Esperó ver el reproche en su rostro, puesto que solo él era el responsable de su estado, sin embargo, le sonrió con amor.

─Gracias por estar a mi lado, no sé qué haría yo sin ti.

Aarón no podía abrir la boca. Esperó tomando su mano y rezando para que no recordara lo ocurrido.

─ ¿Cómo te encuentras?

─Muy rara, no entiendo qué hago aquí, ¿ha vuelto a pasar? ¿He vuelto a perder al niño? No creo que tenga fuerzas para intentarlo de nuevo.

─No cariño, esta vez tenemos un bebé precioso.

─No recuerdo nada ¿Me puedes explicar lo que ha pasado?

─Estábamos en casa, celebrando mi traslado a Tenerife. Tú estabas tan contenta, que te pusiste a hacer la maleta de inmediato. Yo tenía preparada una botella de champán y al ir a descorcharla te mareaste y caíste el suelo, desmayada.

Y así continuó narrando la historia tal como él la veía.

─Querida, no sé qué haría si me faltaras, si te pasara algo o decidieras dejarme.

─Puedes estar tranquilo, yo jamás te dejaría. Te amo con toda mi alma.

Mientras, en la puerta, el amigo lo contemplaba todo con cara de resignación y sin atreverse a interrumpir la inesperada declaración de María.

 

María del Carmen Navas Hervás

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