…Y Cía. María del Carmen Navas Hervás: Lección de vida

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LECCIÓN DE VIDA

Ya estaba todo preparado, las enfermeras a mi alrededor, el médico sentado en una silla frente a la mesa del quirófano esperando, el anestesista comprobando que todo fuera correcto y yo, tumbada en esa fría camilla, con la aguja asomando de mi brazo derecho y los nervios a flor de piel.

─Tranquila, todo va a salir bien.

Una de las enfermeras me acariciaba la cabeza mientras los demás continuaban con sus preparativos.  Me colocaron una máscara negra sobre la cara y me sentí desfallecer.

─Respira normalmente, esto solo es oxígeno.

Tenía un olor extraño y supuse que ya me habían empezado a dormir. Me comenzaron a pesar los párpados y aspiré profundamente. Ya no oía a las enfermeras hablar, a pesar de que sabía que estaban allí. Mi cuerpo flotaba sobre la camilla y me dieron ganas de reír. Era una sensación placentera. Cuando saliera del quirófano iba a ser una persona completamente nueva. Tendría una talla ciento quince de pecho y podría presumir ante mis amigas. Ya no sería la tabla de planchar. Me puse a dar vueltas en la habitación y a mirar desde lo alto lo que ocurría en esa mesa de metal. No me gustó lo que vi, porque me trataban como si fuera un muñeco. No tenían ningún cuidado. Ya no había más caricias en el pelo y el cirujano cortaba sin reparo. Sin embargo, no me dolía nada, se lo estaban haciendo a otra persona, a esa mujer extraña que estaba en la camilla.

Una de las máquinas se puso a pitar como una loca.

─ ¿Algo va mal, Frank? ¿Puedo continuar? ─preguntó el cirujano al anestesista.

─Sin ningún problema, ese trasto ya nos dio la lata ayer.

Y continuó con su tarea, olvidándose del pitido cada vez más continuo.

Empecé a notar que algo no iba bien cuando vi como se abría la puerta del fondo y una luz blanca entraba a raudales. No era natural, daba la sensación de que algo quería abrirse paso hacia mí. No sabía explicar qué era, sin embargo, tenía la certeza de que algo estaba ocurriendo en esa sala.

─Doctor, creo que la estamos perdiendo ─dijo una de las enfermeras con el rostro lívido.

─No me jodas, Frank, ahora no puedo parar, ya es tarde para ello.

─No sé lo que está pasando, pensaba que era la máquina. Reduciré la anestesia.

─ ¿Te has vuelto loco o qué? Se puede enterar de todo. Mantén el flujo constante hasta que cierre.

Todo era una locura, yo allí flotando en una realidad paralela, en un limbo del que no podía escapar y mi cuerpo en esa camilla gris luchando por sobrevivir. Veía a los médicos probar mil instrumentos en mí. Usaron el desfibrilador que se ve en todas las películas, esta vez le vi muy de cerca y no en una película, precisamente. A las enfermeras se les veía, asustadas y cumpliendo las órdenes con meticulosidad. Y yo seguía flotando, sin poder volver a entrar en mi cuerpo, aunque lo intentara.

─Ha fallecido

El cirujano lo dijo como si fuera una sentencia y yo tenía ganas de gritar, de llorar, pero en mi condición etérea no podía hacerlo.

Taparon mi cuerpo, incluso la cabeza y empecé a hiperventilar. Nunca me había gustado tener la cabeza cubierta y ahora no iba a ser menos.

Empezaron a salir de la sala dejándome allí tirada.

─Hemos hecho todo lo que hemos podido.

─No teníamos que haber continuado y lo sabes ─el cirujano estaba molesto con el anestesista.

─Son cosas que pasan, no será la primera que se nos queda en un quirófano, ni la última.

Y yo mientras, ahí, escuchando cómo hablaban de mí como si fuera solo un número, una estadística, una más. Comencé a gritar con todas mis fuerzas, pero nadie me escuchaba. Todo era inútil. La luz inundó la sala y pude ver como atravesaba mi cuerpo, como me llenaba por dentro.

De repente, me sentí caer en picado. Volví a meterme en ese cuerpo muerto que reposaba en la camilla. Sentí unos golpes en la cara y abrí los ojos y chillé al mismo tiempo.

─Tranquila querida, todo ha pasado ya.

A mi alrededor, estaban todos los médicos, incluido el anestesista que me sonreía como si nada hubiera pasado.

─Es usted un sinvergüenza, yo no soy otra más, tengo una madre y una hermana que me están esperando ahí fuera. No tenía derecho a tratarme así.

Los médicos se miraron a los ojos y percibí un atisbo de miedo.

─Todavía está bajo el efecto de la anestesia y no sabe lo que dice, debe tranquilizarse, de lo contrario tendremos que volver a dormirla.

─La operación ha sido un éxito y todo ha salido como esperábamos. Puede que esté un poco confundida. Es normal después de la anestesia.

─Entonces, ¿no he estado a punto de morir?

Vi como el cirujano comenzaba a sudar y a ponerse nervioso.

─No querida, todo ha sido producto de su imaginación ─la voz del anestesista era suave, melosa e hizo que yo desconfiara aún más de lo que me estaba diciendo.

─Y una mierda, casi me matan y ha sido culta suya ─le acusé clavando mi dedo en su pecho.

Sin previo aviso, me inyectaron algo en el brazo y me sentí flotar otra vez, aunque de una forma más pesada que la anterior. Ahora ya no veía la luz blanca. Me trasladaron a otra habitación donde había más gente, la mayoría tumbada en camas y rodeadas de multitud de aparatos que emitían molestos pitidos.

─ ¿Qué tal se encuentra? ─me preguntó una enfermera.

─Mareada.

─Normal querida, ha estado a punto de quedarse en la mesa de operaciones.

No había sido un sueño, había pasado, había estado al borde de la muerte solo por un capricho, el de verme más guapa, el de aparentar ser lo que no era. Ese día aprendí la lección más importante de mi vida: tenemos que aceptarnos como somos porque a todos nos espera el mismo destino, la muerte.

María del Carmen Navas Hervás

 

 

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