…Y Cía. María del Carmen Navas Hervás: Mi historia

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MI HISTORIA

Voy a contaros una historia, mi historia. Yo soy una mujer corriente, más bien flacucha y que no llama la atención. Nací para ser licenciada, No reíros porque la cosa no tiene gracia. Mis padres, dos abogados de reconocido prestigio, me instaron a sacarme una carrera, a ser posible derecho, para después poder opositar a Juez o Notario. Ese siempre había sido el sueño de mi madre. Pero claro, los hijos normalmente no hacemos lo que se nos dice sino justo lo contrario. Así que yo, para no romper esa tradición, decidí hacerme actriz. Mi padre me encerró en mi cuarto dos semanas y mi madre dijo que no iba a volver a hablarme hasta que se me fuera esa loca idea de la cabeza. Encontramos un término medio: comencé a estudiar derecho y por las noches iba a clase de teatro. Los estudios me resultaron soporíferos, además de quitarme un tiempo precioso que podía haber dedicado a otras cosas.

En la facultad, una de las mejores del país, me dediqué a aprender casi de todo, menos derecho romano, que lo odiaba. Mis padres, a golpe de talón, iban solucionando los desaguisados. Por la noche era feliz pues hacía lo que realmente quería: reír, llorar, sentir, meterme en la piel de personajes imposibles y vivir vidas ajenas. Cuando acabé mis estudios fue una liberación, o eso pensaba yo.

Mi madre tuvo la feliz idea de meterme en su bufete para que fuera conociendo la profesión al tiempo que me apuntó en una academia para prepararme judicatura.

─A partir de mañana debes dejar tus clases especiales para dedicarte a estudiar. Se acabaron las tonterías.

─De eso ni hablar, tenemos un acuerdo.

─Eso era mientras estabas en la facultad, ahora debes pensar en tu futuro y no puedes perder el tiempo.

─Tienes toda la razón del mundo, se acabó todo este sinsentido. Ya soy mayor edad y ahora voy a vivir mi vida, os guste a vosotros o no.

─Mira Claudia, no seas niña, sabes que dependes de nosotros económicamente y que debes hacer todo lo que esté en tu mano para agradecernos lo que hemos hecho por ti.

─Soy vuestra hija y esa era vuestra obligación. Ahora voy a encontrar mi propio camino y, desde luego, ese no es morirme de asco en un bufete o en el despacho de un juzgado de segunda.

─Puedes llegar muy alto con tu preparación ¡Ya me hubiera gustado a mí tener la oportunidad que te hemos dado a ti!

─Mamá, ese era tu sueño, no el mío. Yo quiero ser actriz y vivir otras vidas, quiero salir de esta burbuja en la que me tenéis encerrada desde que nací. Por si no lo sabes, he aprendido más en esa academia de clases especiales, como tú la llamas, que en tu magnífica facultad. Marco me ha enseñado a soñar y eso es lo más bonito de la vida.

─ ¿Quién es Marco? ─preguntó mi madre asustada.

─ ¿De verdad te interesa saberlo, o lo preguntas solo por curiosidad?

Nada más decirlo, me sentí fatal al ver la mirada dolida de mi madre.

─Marco es el hombre con el que me voy a ir a vivir, el hombre que me ha convertido en mujer, además de en una buena actriz. Si alguna vez tienes un poco de tiempo, sería bueno que le conocieras.

Mi madre se fue hundiendo en el sofá cada vez más. Se sentía herida. Mis palabras eran como puñales para ella y yo, en el fondo, estaba disfrutando al verla así.

─Claudia no te puedes marchar, tienes que seguir a nuestro lado, solo te tenemos a ti.

Me di cuenta de que me estaba rogando, nunca la había entendido mucho y ahora, precisamente ahora, la veía perdida. Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, quizá toda la vida, la que me estaba hablando era mi madre.

─Si de verdad tanto significo para ti, vamos a hacer una cosa.

─Haré lo que quieras.

─Vas a venir conmigo a tres clases de teatro y yo voy a ir contigo a tres juicios. Así podremos entendernos mutuamente.

Se quedó pensativa y al final, asintió al sentirse atrapada.

Así lo hicimos. Ella conoció a mi profesor, Marco y a mis compañeros y, por primera vez, se desmelenó y disfrutó de la vida. Yo acudí a los tres juicios y aprendí una dura lección, la lección más importante, una lección que me enseñó mi madre: todo el mundo es como un gran teatro, donde nosotros somos los actores. Pensamos que somos libres, sin embargo, nuestra libertad acaba donde empieza la del que tenemos al lado. En esos juicios descubrí acusados y acusadores mintiendo, abogados mintiendo, fiscales mintiendo, todos actuando, todos en un gran escenario intentando creerse sus propias mentiras, intentando convencer al juez, con su toga y gesto serio. Me di cuenta de que mi madre era una gran actriz, mucho mejor de lo que jamás yo llegaría a ser.

Por eso dejé el teatro y el derecho y ahora, he tomado el camino que debería haber seguido desde el principio: ahora soy escritora y lo que hago es contar historias, que pueden ser falsas o no, pero que me hacen ser libre sin dañar a nadie. Algunas veces, en mis ratos libres, actúo en un pequeño grupo de teatro y me meto en la piel de otra persona sacando los propios miedos afuera. Y sigo siendo una chica corriente, más bien flacucha y que no llama la atención, pero que es libre y adora a su madre, a pesar de que tenemos gustos muy dispares.

María del Carmen Navas Hervás

 

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